Opinión
La columna N° 50 que escribo para Treintennials. Por qué uno hace lo que hace y escribe lo que escribe. La importancia, una vez más, de plasmar en la columna lo que uno realmente piensa.
Podría empezar preguntándome: ¿por qué escribo? ¿Por qué
hago esto casi todos los domingos desde que comencé con esto? Escribo en
Treintennials desde hace poco más de un año. Yendo al archivo de este blog
(porque esto es en definitiva Treintennials, un blog donde una persona atrás de
una computadora se pone a escribir lo que tiene ganas de escribir) me encuentro
con que la primera columna que escribí acá fue el 14 de abril de 2025. ¿Por qué
no hice nada especial para el aniversario de esta página de columnas semanales?
Porque siento que el mero hecho de que transcurra el tiempo haciendo algo no
tiene ningún mérito. Uno podría anotarse en el gimnasio, a una clase de pintura
o al ejemplo que se les ocurra y no tendría ningún mérito decir “me anoté hace
un año”. Mérito es hacer. Mérito es haber ido a 50 de esas clases de pintura.
Por eso, creo yo, que sí amerita darle un sentido especial a
una columna, es a esta. Son ya 50 columnas que le he dedicado a este espacio
que empecé hace algún tiempo. Me surge nuevamente la pregunta con la que empecé
a redactar este Word que para el siguiente domingo se transformará en una nueva
columna semanal: ¿Por qué escribo? Y la respuesta que puedo encontrar es:
Porque tengo para decir. Porque creo de verdad que el contenido que más nos
puede llegar es aquel que se escribe desde las entrañas. Aquel contenido que
mueve, que conmueve. Lo que se escribe con pelotas sobre la mesa, a cara
desnuda, pero también aquellas palabras que se escriben con sentimiento y
sensibilidad.
Me he sentido muy orgulloso de varias de las columnas que he
escrito para este espacio, así como también he regresado sobre mis pasos a
releer columnas viejas que pueden encontrar retrocediendo en el archivo de esta
página web y he pensado “que hijo de mil puta ¿cómo fue que escribí esta
mierda?”. He sentido de verdad el mensaje de columnas que les he compartido
como “Escribir a medias tintas”, donde la historia de Ani Fanelli me inspiró
muchísimo, en el sentido de que las cosas que valen la pena leer son aquellas
que no buscan caer bien, sino que buscan tirarte en la cara las verdades que
pueden incomodar a algunos, pero que a otros les genera decir “alguien tenía
que tener las pelotas para decirlo”.
He sentido que arruiné oportunidades para decir mejores
cosas sobre los temas que he traído a este espacio y a sus pantallas (si es que
alguien está leyendo esto o si alguien alguna vez leyó una de mis columnas).
Por caso, estoy escribiendo esta columna inmediatamente después de haber
publicado la anterior, titulada “La pluma más seductora”, en donde hice una
descripción totalmente genérica de Californication, en vez de aprovechar
la oportunidad para hablar con valor de las cosas que nos puede permitir hablar
la serie: usar el sexo como evasión ante el dolor; añorar la esperanza de un
amor que no se termina de concretar y saber salir adelante, soltando vínculos
innecesariamente hostiles a nuestra salud; el baile seductor entre uno y la
bebida y las adicciones, incluso cuando el adicto es un ser funcional; o
incluso haber adoptado una óptica desde el punto de vista de Becca, la hija de
Hank, y poder hablar de como quienes hemos sido hijos de adictos hemos dado por
terminados vínculos con nuestros padres a una edad muy corta, por no querer
perdonarles que sean unos imbéciles de mierda. Siento que si Hank Moody hubiese
leído lo que escribí, me hubiese dado un rodillazo en las pelotas por haber
escrito sin alma, pero también me hubiese besado en la frente diciéndome “cariño,
por lo menos lo has escrito y lo has intentado”.
Me he sentido especialmente inspirado a empezar este
proyecto por Tamara Tenenbaum, columnista de ElDiarioAr, y una de las
escritoras de las que más disfruto leer en cuanto a temas de actualidad. Uno de
los grandes consejos que he tomado de ella ha sido escribir con un deadline,
sabiendo que tenés que llegar a escribir para una fecha límite. Esto te empuja
a seguir adelante con la idea que tengas, aunque sientas que no está tan buena,
porque mejor que decir es hacer, y si no lo haces bien a la primera, quizás lo
puedas hacer bien para la siguiente (y si no, escriban sus propias columnas y
veamos quién la tiene más larga). También he tomado de inspiración en su obra
el hecho de que, aun siendo una gran autora de ensayo a la cual respeto
enormemente, también ha escrito cosas que me han parecido merecer las peores reseñas
en Goodreads. Si alguien a quien respeto puede fallar, yo también me lo
puedo permitir.
Muchas de las cosas sobre las que he hablado en este espacio
me las han enseñado los años de vida. Quizás por eso me sentí inspirado en la
década de mis treinta para empezar a escribir al respecto de las cosas que
siento que merecen la pena escribir. Uno cambia mucho con el tiempo, pero sobre
todo, todo lo que ha vivido durante la década de los veinte años termina
repercutiendo en cómo se encara la vida a partir de los treinta. He sabido
sufrir por quien no ha valido la pena (más tiempo del que me gustaría
reconocer), pero también he sabido encontrar al amor de mi vida, junto a quien
tengo la fortuna de levantarme cada mañana e ir a la cama al final de cada día.
He tenido trabajos de mierda y he sabido encontrar trabajos donde se me ha
respetado y se me respeta. Conocí gente que me acompaña hasta estos días y
también he dejado en el camino gente cuyas amistades no valían la pena. Me he
reído, me he emborrachado, he cogido y he amado. Y por fortuna puedo seguir
haciendo todo esto, pero desde un lugar, quiero creer, un poco más sabio.
He dudado de todo, he tenido certezas. He creído en
proyectos de organización social y he creído (y creo) que el mundo es un lugar
cruel y violento en donde nada tiene sentido, y que las cosas que nos pasan,
nos pasan sin ningún significado, y que solo depende de nosotros mismos salir
adelante o hundirnos en la miseria. Dentro mío pueden convivir Viktor Frankl
y su hombre en busca de sentido, y también Albert Camus con el
absurdo y la ausencia de sentido de la vida. Nada está dado, no todo se da por
algún motivo, sin perjuicio de que nosotros mismos podamos darle sentido a por qué
encaramos la vida como la encaramos cada día.
Por todo esto escribo. Porque quiero que mi voz se escuche.
No porque tenga verdades universales para darles. No soy Dios. Dios no existe,
jamás ha existido ni jamás va a existir. Y si estoy en lo equivocado, dudo
mucho siquiera que a Dios le importe lo que escriba en este espacio. Escribo
porque así quiero hacerlo. Escribo porque quiero que lo que pienso no quede
dentro mío solamente. Todos lo hacemos, todos lo hemos hecho (si hay algo bueno
que nos puede regalar Internet, es que todos tenemos nuestro pequeño espacio,
nuestra pequeña vitrina para exponer lo que queramos exponer).
Todavía tengo tinta de sobra en el tintero, y las ganas de
seguir compartiendo este espacio con cada uno de ustedes. No les puedo prometer
cada domingo una columna digna de un Pulitzer, pero sí puedo ofrecerles, al
menos, una columna honesta, que no busque solo agradar y caer bien, sino que
logre esa empatía de decir "también he estado ahí, este también he sido yo".
JMR
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