Opinión

Con la excusa del Día del Abogado, unas palabras de consideración sobre la profesión. Un consejo, una anécdota y la reflexión de lo que puede implicar ser abogado, más allá del trabajo de oficina.

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Ayer en Argentina fue el Día del Abogado. Digo “fue” y no “se celebró” porque, para todos los que no son abogados, es una fecha totalmente intrascendente en el calendario. Para los que sí somos abogados, si algunos lo pensaron de la misma manera que lo pensé yo, fue una buena oportunidad para pensar hasta dónde nos trajo la profesión en la vida.

Este 2026 fue mi séptimo Día del Abogado desde que me recibí en julio de 2020 (tristemente, a través de la pantalla de mi computadora por el aislamiento de la pandemia). Por supuesto, mi versión del año 2026 no es la misma que la de aquel novel profesional, con título en trámite, que recién recibiría en mano en marzo de 2021, y seguramente tampoco sea la misma versión del profesional que seré dentro de diez años (si seguimos todos vivos entre el calentamiento global, el fenómeno de El Niño o lo que fuera que amenace con liquidarnos).

Afortunadamente, el día de hoy la profesión me encuentra en un lugar más que firme, con mi trabajo estable en un estudio jurídico donde lidero todo un sector de litigios, además de la práctica independiente de la profesión con mis propios clientes. Pero recuerdo los días en que las cosas no fueron como lo son. Me acuerdo de los días de reproches a mí mismo por haber elegido una carrera saturada de profesionales, por el solo hecho de haber creído que una carrera “clásica y seria” me aseguraría un futuro estable. Me acuerdo bien de las veces que me molesté conmigo mismo por haberme recibido recién a los 27 años (en mi cabeza, recibirme a los 27 implicaba que tenía compañeros que me llevaban dos o tres años de ventaja en el mercado laboral). Creo que caer en esos pensamientos cuando las cosas al principio no se dan como uno quiere es de lo más normal del mundo.

Ser un profesional joven, cuando no se viene de una familia de profesionales ni se tienen contactos que nos puedan ubicar en un buen laburo, puede resultar bastante frustrante para la psiquis de cualquiera de nosotros. Sin embargo, cuando uno se hace desde abajo, con la visión de cuáles son los pasos a seguir en cada etapa de la profesión y con la tranquilidad de que se está avanzando de una forma organizada, el placer de finalmente estar donde uno quiere no se lo saca nadie. El poder decir “todo esto lo conseguí realmente por mérito propio” es algo que tiene un valor fuera de la lógica mercantilista. Es un extra que nos permite poder dormir en paz por las noches, sabiendo que no estábamos errados en el camino que decidimos empezar cuando nos anotamos en las primeras materias del C.B.C. o de la facultad donde uno haya elegido estudiar.

Si me preguntaran también qué me dio la profesión (además de un título habilitante y una fuente fija de ingresos), no dudaría en decir “poder”. Y cuando digo “poder”, lo digo en el sentido más literal de la palabra. Que hay muchas situaciones de la vida en las que a uno lo quieren pasar por encima lo sabemos todos. Pero, como el conocimiento es poder, déjenme decirles que, en un Estado de Derecho, saber de leyes y, sobre todo, saber cómo hacerlas aplicar en el marco de un juicio, es un arma de persuasión bastante fuerte para cualquiera que se quiera poner a uno en contra. Ejemplos de lo que quiero decir sobran; ya todos sabemos lo atestados de expedientes que están los pasillos de la Justicia para resolver los problemas de todo el mundo.

Muy breve, una anécdota de un caso que transcurrió con este mismo espacio: Treintennials no es solamente un lugar donde publico mis columnas de domingo. Además, es una marca registrada. Y, por suerte, tuve la ocurrencia de registrarla.

Ocurrió que en febrero de este año me enteré de que un medio de comunicación de Santiago del Estero estaba produciendo, desde noviembre de 2025, un programa de streaming llamado Treintennials; sí, el mismo nombre del lugar donde están leyendo esto. Por supuesto, no dejé que las cosas quedaran como si nada. Me comuniqué con el medio en cuestión, avisando que el nombre era mi marca registrada. Por supuesto, la primera respuesta que recibí fue un “bueno, lo vamos a solucionar”, “ya lo vamos a cambiar”, “ahora vemos cómo lo arreglamos” y demás frases que a uno le indican que va a quedar todo en la nada.

Una semana después de esa comunicación, al ver que nada ocurría, tuve la sencilla idea de mandarles una carta documento al medio, diciendo que iba a denunciar al dueño del medio y a las dos periodistas conductoras del programa ante la Justicia Federal Penal por el uso indebido de mi marca. Dos horas después de recibida la carta documento, habían borrado todo el contenido donde aparecía la palabra “Treintennials”, pedido de disculpas mediante. El programa de streaming se transmitió a partir de la semana siguiente con un nombre totalmente diferente.

¿Un consejo que puedo decirles a todos los que estén pensando en estudiar abogacía? Sin lugar a dudas, lo mejor que pueden hacer es trabajar en el rubro mientras están en la facultad. Sé que lo primero que se viene a la cabeza es que no es nada agradable tener que resignarse a cobrar un sueldo de pobreza por adquirir experiencia, pero créanme cuando les digo que, si pueden conseguir al menos dos o tres años de experiencia mientras terminan la carrera, la diferencia con los graduados que nunca han tocado un expediente judicial es abismal.

Por caso, recuerdo también a una colega que conocí en la facultad: promedio de más de nueve, abanderada del acto de entrega de títulos, diploma de honor y no recuerdo cuánto mérito más, pero jamás en su vida había tenido contacto con la profesión en sí misma. Nunca había trabajado "de abogada". Cuando dicen que los pingos se ven en la cancha, los hechos no mienten. Ante el más mínimo problema que una familiar de esta colega tuvo, ella no sabía cómo ayudarla (con algo tan sencillo como realizar una intimación para que se entregara una documentación). Finalmente, lo solucioné con un telegrama laboral que me habrá llevado menos de diez minutos de redacción. Una semana después, su familiar recibía toda la documentación que necesitaba.

A todos los que estén interesados en ingresar al mundo de la abogacía, les puedo decir que, como en cualquier profesión, lo importante es que sepan capitalizar las herramientas que tengan. Abogados existen desde la antigua Roma. Cuando yo comencé a ejercer, ya se decía que uno levanta una piedra y encuentra un abogado, pero de todos modos supe afianzarme en la profesión y puedo decir que, si yo supe cómo hacerlo, cualquiera de ustedes puede hacer lo mismo. Paso a paso, se va avanzando.

Quizás un día nos estemos cruzando en los pasillos de Tribunales. Y si no, siempre pueden consultar a su abogado amigo sobre lo que necesiten (pago de honorarios mediante, por supuesto). Proveer de conformidad, será justicia.

 


JMR