Opinión

Desde algo pequeño como qué elegir para mirar durante la cena, hasta los resultados de los años que hemos invertido en los objetivos que perseguimos como adultos. Una reflexión sobre el tener que tomar decisiones en nuestra vida.

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Esta escena seguro les resulte familiar a muchos: es el momento de la cena. Está todo listo para sentarnos a comer y decidimos buscar una película para ver en alguna plataforma de streaming. Tenemos la opción de filtrar por género como para facilitar un poco la búsqueda de lo que queramos ver dependiendo de nuestro humor del momento. Entonces resulta que las opciones parecen ser infinitas: vemos la sinopsis de una que nos llama la atención, otra que quizás queremos ver porque actúa una actriz que nos gusta mucho, otra que quizás nos llama más la atención a nosotros, pero que al resto de personas con quien compartimos la cena quizá no le llaman tanto para ver en ese momento. Cuando nos queremos acordar, estuvimos más de media hora buscando una película para ver y terminamos más agotados que si ya estuviéramos a mitad de la que hubiésemos elegido en un principio.

Nunca fui fan de la indecisión, sobre todo cuando se trata de elecciones pequeñas como elegir una película, algo de un menú, o un lugar para ir a pasear el domingo. Siempre sentí que detenerse en esas elecciones por demasiado tiempo terminan por cansar a uno, incluso antes de que se comience a hacer lo que uno finalmente decida hacer. Por eso, suelo decidirme rápido en temas como elegir una película o que pedir para acompañar un café. Siempre se puede probar otra cosa otro día si lo que elegimos no resultó del todo bien.

Entiendo por el otro lado que hay decisiones más transcendentales que terminan por ocupar una porción muy grande de la vida de uno, como lo puede ser decidir entre formar una familia y tener hijos, o dedicarse exclusivamente a hacer una carrera académica, una carrera deportiva de alto nivel o tener una vida bohemia y recorrer el mundo (siempre que el bolsillo lo permita).

Seguramente a todos los que ya pasamos la barrera de los treinta (y durante nuestros veintipico también) esto nos ha pasado muchas veces: el cuestionarnos las elecciones que hemos tomado, sobre todo si el resultado que perseguimos no rinde frutos de manera inmediata, o si aún cuando hemos logrado los objetivos que nos hemos propuesto, sentimos una duda profunda sobre si lo que hemos alcanzado nos hace realmente felices.

Quizás este sea uno de los costos ocultos de ser adultos independientes sobre los que nadie nos ha hablado cuando éramos chicos: el costo de elegir con libertad en nuestra vida implica también aceptar que cada elección implica una pérdida de algo más que hubiésemos podido elegir. Las dos caras de la misma moneda en una vida llena de posibilidades, pero con un tiempo de vida finito.

En este punto recuerdo el capítulo de la serie Master of None, cuando Dev Shav, el protagonista, lee un pasaje de La campana de cristal, novela escrita por Sylvia Plath. Este pasaje del libro es mi forma favorita de pensar el peso de nuestras elecciones: “Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente. Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.”

Más cercano en el tiempo, pienso también en el monólogo de Phoebe Waller-Bridge y de su icónico personaje Fleabag: “Quiero que alguien me diga qué ponerme todas las mañanas. Quiero que alguien me diga qué comer. Qué me gusta. Qué odiar. Por qué enfurecerme. Qué escuchar. Qué banda me gusta. Para qué comprar entradas. De qué bromear. De qué no bromear. Quiero que alguien me diga en qué creer. Por quién votar y a quién amar y cómo... decírselo. Creo que solo quiero que alguien me diga cómo vivir mi vida.”

Ser un treintañero independiente en la Argentina del 2026 no es fácil. Habrá momentos donde como Fleabag nos sintamos abrumados frente a las contingencias de la vida, frente al resultado de nuestras decisiones. Ironía de la vida si las hay el querer volver a un estado como en nuestra niñez donde nos decían exactamente cada cosa que teníamos que hacer para sentirnos seguros, cuando en aquella época lo que más anhelábamos era ser adultos para poder hacer lo que quisiéramos con nuestra propia vida. Quizás en esos momentos es cuando las palabras de Sylvia Plath nos den consuelo y nos recuerden que, aunque las elecciones que tomamos en la vida nos llevaron a un determinado lugar, al menos hemos sido capaces de elegir un camino y de no habernos quedado sin elegir ningún higo del árbol de nuestra vida. 



JMR