Opinión

Cuando alguien de nuestra generación se va demasiado pronto, la distancia entre su muerte y nuestra propia vida parece hacerse un poco más pequeña. Quizás también sea una invitación a valorar el tiempo que tenemos. 

Insignia de Autor
🔊 Escuchá esta columna de Treintennials

La muerte siempre es un tema de conversación. En el último tiempo se sucedieron una seguidilla de muertes de famosos que dieron tema de charla en donde trabajo: desde famosos internacionales como la cantante estadounidense Dolly Parton, el actor Tim Curry quien fuera conocido por la película Rocky Horror Picture Show, o la artista japonesa Yayoi Kusama. En el plano local también se dio en estos días el fallecimiento de Chiche Gelblung, figura de la televisión argentina.

Relacionado con esto, también estuvimos siguiendo la noticia de la internación de Mirtha Legrand, quien recibió el alta hace pocos días después de un cuadro de bronquitis. Más allá de que cada uno podrá amar u odiar a La Chiqui, lo cierto es que la mayoría de las personas queremos ver llegar a la diva de los almuerzos alcanzar la cifra de los 100 años. Es que estando tan cerca de alcanzar tal hito, sentimos que nos quedaría un vacío si quien fuera motivo de chistes por su edad no pudiera alcanzar las tres cifras, después de años y años regalándonos memes y poniéndola en batallas imaginarias de la supervivencia contra rivales como la fallecida Reina de Inglaterra Isabel II.

En todos estos casos hay un denominador común. Todas las personas que mencioné hasta el momento superaron la barrera de los 80 o más años al momento de su muerte. Más allá de que para sus familiares o para los seguidores de cada una de estas figuras famosas, su muerte puede ser motivo de una tristeza profunda, lo cierto es que, con la expectativa actual de vida de los seres humanos, una vida que supera los 80 años podría considerarse más que aceptable (siempre que la persona en cuestión haya podido vivir en condiciones dignas que no supongan un martirio diario. No toda vida supone “calidad” de vida).

Por el otro lado, cuando quien fallece es una persona joven, su muerte se mira con otros ojos, sobre todo si se trata de una persona conocida que se ha visto involucrada en mayor o en menor medida en nuestras vidas. De esta forma (aludiendo a las palabras de Claudia Piñeiro en su última novela) la muerte ajena se vuelve un poco más una muerte propia. No porque uno pretenda monopolizar el dolor de quienes fueran más cercanos a quienes han partido de este mundo, sino porque el hecho de que haya fallecido una persona conocida, a una edad donde uno no se lo esperaría, inevitablemente le remueve cosas en el interior.

Por caso, esta semana me enteré del fallecimiento de quien fuera en vida la profesora de canto de una amiga mía, además de esposa de quien fue durante un año mi profesor de guitarra (sin revelar nombres, por respeto a la persona en cuestión y a todos los conocidos que pudieran leer esta columna, quienes con profundo dolor la han despedido). El motivo del fallecimiento, creo yo, no corresponde aclararlo mucho más allá que decir que se trató de una enfermedad. Si les puedo decir, y amerita recordarla así, al menos respecto del tiempo que me tocó conocerla, es que se trataba de una persona sumamente cálida y con una forma de ser totalmente entrañable que hará que la recuerde siempre de la mejor manera.

Regresando al punto de esta columna, una de las cosas que más me impactó de la noticia, fue el hecho de que se trataba de una persona muy joven, por lo que jamás me hubiese imaginado enterarme de un día para el otro de su fallecimiento. No puedo decir una edad exacta, pero si puedo asegurar que se trataba de una mujer de menos de cincuenta años, rondando los cuarenta y pico. 

Cuando uno lo piensa en su propia vida, en su círculo de personas conocidas, con las que comparte aproximadamente la misma generación, una noticia de este estilo no puede menos que afectarlo a uno. No necesariamente por que uno mantenga un vínculo cercano con todas las personas con las se ha llegado a conocer. Pero cuando se piensa en las personas cercanas en edad a uno, más si uno recién está en los treinta años (33 en mi caso), la muerte no es algo en lo que uno piense como algo próximo.

Cuando las balas pican cerca, uno retoma la conciencia de su propia mortalidad. Inevitablemente, todos vamos a terminar por dejar esta vida en algún punto, pero en la década de los treinta o cuarenta años, no es algo que tengamos tan presente como lo puede tener alguien que nos doble en edad. Siempre pensamos que el punto de despedida nos espera mucho más adelante y que no es algo por lo que tengamos que perder el sueño en lo inmediato. No quiero ponerme alarmista tampoco. Esta noticia no es para que de golpe todos vayamos corriendo desesperados a hacernos miles de análisis de forma paranoica buscando cualquier indicio de que algo no está bien con nuestro cuerpo. Ello por supuesto sin negar que resulta más que importante hacer chequeos médicos periódicos.

Quizás una alternativa a cómo podemos digerir mejor este tipo de noticias es reflexionar sobre nuestro propio presente y sobre cómo estamos viviendo nuestra vida, en el marco de nuestras posibilidades. No es necesario tampoco que todos nos volvamos monjes budistas, que abracemos la religión o creencias alternativas, o que empecemos a pregonar una superioridad moral a cómo vivir el resto de nuestras vidas, pero en lo personal me parece bien frente a estas situaciones el poder reflexionar si estoy tranquilo en como estoy viviendo mis días: intentar evitar hacerme demasiados problemas por cuestiones que puedo solucionar de alguna manera, abrazar a mi pareja todos los días y decirnos cuanto nos amamos, compartir momentos con nuestras mascotas mientras estén con nosotros, no posponer eternamente una juntada con aquellos amigos a quienes más queremos.

Recordando a Viktor Frankl, la búsqueda de un sentido a lo que nos sucede puede darnos la fuerza necesaria para atravesar incluso lo extraordinario. De la misma forma, el recuerdo que no estaremos eternamente en este mundo nos sirve para recordarnos el sentido de aprovechar nuestra vida durante el tiempo que nos toque.

 

JMR