Opinión
Cuando alguien de nuestra generación se va demasiado pronto, la distancia entre su muerte y nuestra propia vida parece hacerse un poco más pequeña. Quizás también sea una invitación a valorar el tiempo que tenemos.
La muerte siempre es un tema de conversación. En el último
tiempo se sucedieron una seguidilla de muertes de famosos que dieron tema de
charla en donde trabajo: desde famosos internacionales como la cantante
estadounidense Dolly Parton, el actor Tim Curry quien fuera
conocido por la película Rocky Horror Picture Show, o la artista
japonesa Yayoi Kusama. En el plano local también se dio en estos días el
fallecimiento de Chiche Gelblung, figura de la televisión argentina.
Relacionado con esto, también estuvimos siguiendo la noticia
de la internación de Mirtha Legrand, quien recibió el alta hace pocos
días después de un cuadro de bronquitis. Más allá de que cada uno podrá amar u
odiar a La Chiqui, lo cierto es que la mayoría de las personas queremos ver
llegar a la diva de los almuerzos alcanzar la cifra de los 100 años. Es que
estando tan cerca de alcanzar tal hito, sentimos que nos quedaría un vacío si
quien fuera motivo de chistes por su edad no pudiera alcanzar las tres cifras,
después de años y años regalándonos memes y poniéndola en batallas imaginarias
de la supervivencia contra rivales como la fallecida Reina de Inglaterra Isabel
II.
En todos estos casos hay un denominador común. Todas las
personas que mencioné hasta el momento superaron la barrera de los 80 o más
años al momento de su muerte. Más allá de que para sus familiares o para los
seguidores de cada una de estas figuras famosas, su muerte puede ser motivo de
una tristeza profunda, lo cierto es que, con la expectativa actual de vida de
los seres humanos, una vida que supera los 80 años podría considerarse más que
aceptable (siempre que la persona en cuestión haya podido vivir en condiciones
dignas que no supongan un martirio diario. No toda vida supone “calidad” de
vida).
Por el otro lado, cuando quien fallece es una persona joven,
su muerte se mira con otros ojos, sobre todo si se trata de una persona
conocida que se ha visto involucrada en mayor o en menor medida en nuestras
vidas. De esta forma (aludiendo a las palabras de Claudia Piñeiro en su
última novela) la muerte ajena se vuelve un poco más una muerte propia. No
porque uno pretenda monopolizar el dolor de quienes fueran más cercanos a
quienes han partido de este mundo, sino porque el hecho de que haya fallecido
una persona conocida, a una edad donde uno no se lo esperaría, inevitablemente
le remueve cosas en el interior.
Por caso, esta semana me enteré del fallecimiento de quien
fuera en vida la profesora de canto de una amiga mía, además de esposa de quien
fue durante un año mi profesor de guitarra (sin revelar nombres, por respeto a
la persona en cuestión y a todos los conocidos que pudieran leer esta columna,
quienes con profundo dolor la han despedido). El motivo del fallecimiento, creo
yo, no corresponde aclararlo mucho más allá que decir que se trató de una
enfermedad. Si les puedo decir, y amerita recordarla así, al menos respecto del
tiempo que me tocó conocerla, es que se trataba de una persona sumamente cálida
y con una forma de ser totalmente entrañable que hará que la recuerde siempre
de la mejor manera.
Regresando al punto de esta columna, una de las cosas que
más me impactó de la noticia, fue el hecho de que se trataba de una persona muy
joven, por lo que jamás me hubiese imaginado enterarme de un día para el otro
de su fallecimiento. No puedo decir una edad exacta, pero si puedo asegurar que
se trataba de una mujer de menos de cincuenta años, rondando los cuarenta y
pico.
Cuando uno lo piensa en su propia vida, en su círculo de
personas conocidas, con las que comparte aproximadamente la misma generación,
una noticia de este estilo no puede menos que afectarlo a uno. No
necesariamente por que uno mantenga un vínculo cercano con todas las personas
con las se ha llegado a conocer. Pero cuando se piensa en las personas cercanas
en edad a uno, más si uno recién está en los treinta años (33 en mi caso), la
muerte no es algo en lo que uno piense como algo próximo.
Cuando las balas pican cerca, uno retoma la conciencia de su
propia mortalidad. Inevitablemente, todos vamos a terminar por dejar esta vida
en algún punto, pero en la década de los treinta o cuarenta años, no es algo
que tengamos tan presente como lo puede tener alguien que nos doble en edad.
Siempre pensamos que el punto de despedida nos espera mucho más adelante y que
no es algo por lo que tengamos que perder el sueño en lo inmediato. No quiero
ponerme alarmista tampoco. Esta noticia no es para que de golpe todos vayamos
corriendo desesperados a hacernos miles de análisis de forma paranoica buscando
cualquier indicio de que algo no está bien con nuestro cuerpo. Ello por
supuesto sin negar que resulta más que importante hacer chequeos médicos
periódicos.
Quizás una alternativa a cómo podemos digerir mejor este
tipo de noticias es reflexionar sobre nuestro propio presente y sobre cómo
estamos viviendo nuestra vida, en el marco de nuestras posibilidades. No es
necesario tampoco que todos nos volvamos monjes budistas, que abracemos la
religión o creencias alternativas, o que empecemos a pregonar una superioridad
moral a cómo vivir el resto de nuestras vidas, pero en lo personal me parece
bien frente a estas situaciones el poder reflexionar si estoy tranquilo en como
estoy viviendo mis días: intentar evitar hacerme demasiados problemas por
cuestiones que puedo solucionar de alguna manera, abrazar a mi pareja todos los
días y decirnos cuanto nos amamos, compartir momentos con nuestras mascotas
mientras estén con nosotros, no posponer eternamente una juntada con aquellos
amigos a quienes más queremos.
Recordando a Viktor Frankl, la búsqueda de un sentido
a lo que nos sucede puede darnos la fuerza necesaria para atravesar incluso lo
extraordinario. De la misma forma, el recuerdo que no estaremos eternamente en
este mundo nos sirve para recordarnos el sentido de aprovechar nuestra vida durante
el tiempo que nos toque.
JMR
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