Opinión
Y un día, se nos fue el 10. Leo cerró su ciclo con la Selección. El punto final a una carrera con la celeste y blanca lleno de gloria. Una gloria que tardó en llegar, pero que nos marcó a todos los que disfrutamos a este fuera de serie.
Este día iba a llegar alguna vez. Todos lo sabíamos, aunque
nadie lo quería. Es imposible frenar el paso del tiempo, por supuesto, y tarde
o temprano las piernas ya no responden de la misma manera que lo hacían años atrás.
El lunes pasado, Lionel Messi, nuestro diez, nuestro emblema y capitán,
anunció que su etapa con la Selección Argentina llegaba a su fin.
Era algo que era de esperarse, pero de todas formas el cimbronazo
se sintió. Es que uno se pregunta ¿cómo se puede estar preparado para despedir
a semejante jugador? ¿Cómo se le dice adiós al mejor jugador de todos los
tiempos, que por fortuna vistió nuestra camiseta? Los 39 años que Leo lleva a
cuestas surgen como primera respuesta. Pero rápidamente me vienen a la memoria
todos sus goles en la fase de grupos en la Copa del Mundo 2026, sus asistencias
contra Inglaterra en semis y uno quisiera seguir pidiéndole un poco más de magia
a este fuera de serie.
El lunes, a través de un posteo de Instagram, Leo nos
compartió sus palabras de despedida. Unas palabras que él mismo escribió a mano,
en tres hojas de papel (uno lo piensa en esta era de lo digital y cuanto valor tendrán
esas hojas de papel escritas con su firma para cualquiera de nosotros). De esas
palabras quiero rescatar en particular cuando Leo dice “vienen chicos muy
grandes atrás que merecen estar”. Y es que, sabiéndose el mejor de la
historia, Leo todavía piensa en los demás, piensa en el lugar que él ocupa y
piensa que hay grandes promesas que merecen estar en ese lugar, dentro
de los convocados.
Aún cuando duela, la decisión de Messi me parece más que
acertada. La edad es un factor que no podemos ignorar, a pesar de que esos últimos
destellos de genialidad nos puedan tentar con pedirle egoístamente que nos
regale todavía un poquito más adentro de la cancha. Fueron casi veintiún años
de Leo con la celeste y blanca, desde aquel 17 de agosto de 2005 contra
Hungría, hasta el last dance contra España por la final del mundo que
lamentablemente no se nos dio, aún reconociendo que los europeos fueron ampliamente
superiores y son totalmente justos campeones.
¿Quién iba a tener la espalda suficiente para decirle a Leo
que ya no era convocado a la Selección? Yo creo que ni el mismísimo Lionel Scaloni iba a tener el respaldo suficiente como para cerrarle las puertas de la Selección
al mejor de la historia. Era imposible que nadie le dijera alguna vez a Leo que
no merece estar en una convocatoria. Que él iba a poder jugar hasta cuando él
mismo lo decidiera, no cabía duda. Por eso quiero remarcar que fue el propio 10
quien decidió poner este punto final.
¿Qué se puede decir
de su propia trayectoria que ya no se haya dicho? Creo que buscar palabras de
originalidad para escribir esta columna terminaría en un inútil fracaso, ya que
no existe término ni conjunto de oraciones que pueda siquiera comenzar a
describir lo que fueron las páginas que el rosarino escribió en la historia de
nuestro deporte nacional. Lo más fiel en este punto es que cada uno de nosotros
nos podamos quedar con las partes de felicidad que nuestro capitán nos regaló.
Me viene entonces a
la memoria aquel junio de 2016 cuando Leo renunciaba a la Selección, tras
perder la final de la Copa América contra Chile. ¿Se imaginaría alguien todo lo
que estaba por venir? Para los que son amantes de los números, la simetría y
cuanta coincidencia se les ocurra, poner esa despedida justo a la mitad de la
carrera de Messi con la Selección, pareciera que fue escrito por un guionista
del destino que nos quería hacer una broma, o agregarle un poco de dramatismo a
la película de este héroe.
Qué afortunados que
fuimos, viejo. Qué afortunados que quien era amado en todo el mundo, cuando las
cosas no se le daban con nuestra camiseta y era puteado por todo un estadio
lleno frente a las finales perdidas, eligió volver siempre. Porque él lo dijo. Él
dijo que siempre quería volver a nuestra Selección a seguir intentando, porque él
quería ganar algo con nuestra camiseta. Y mierda si lo consiguió. Que lo parió,
diría Mendieta.
Todo lo que vino a
partir del 2021 para el mejor del mundo, ya todos lo sabemos. Todavía me
acuerdo la sensación después del pitazo final en el Maracaná contra Brasil, viendo
a nuestro héroe arrodillarse y volcar esas lágrimas de desahogo. Ver esas
lágrimas que decían que finalmente lo había conseguido, después de tanto
perseguirlo. Porque no importaban las cuatro Champions, no importaban todas las
Ligas de España, ni tampoco los Mundiales de Clubes, los Balones ni las Botas
de Oro. Leo siempre había elegido ser argentino, y Leo finalmente conseguía cumplir
ese sueño de poner un trofeo en su vitrina con nuestros colores.
La máxima
consagración. Catar 2022 y la gloria para toda una nación representada en los
23 que trajeron la Copa del Mundo y la tercera estrella. Memorias imborrables
que todos los que vivimos a flor de piel cada uno de esos siete partidos vamos
a tener con nosotros en nuestro corazón hasta el último día de nuestras vidas.
Aquel cachetazo inicial con Arabia. El renacimiento contra México. La Batalla
de Lusail contra Países Bajos. La mejor final de la historia de los mundiales
contra Francia. Y llorar, y carajo si lloré. Lloré como nunca había llorado por
este deporte y por esta pasión. Porque si algo le tenía guardado la justicia de
este hermoso deporte a nuestro capitán, era el regalarle saber cuánto pesa la
del mundo.
Lo que vivimos fue
único. Pero así como en su momento estuvo Diego Maradona y nadie
creía que fuera posible que apareciera alguien igual, después vino Leo. Hoy nos
toca despedir a la cabra, preguntándonos si alguna vez vamos a poder vivir lo
mismo de nuevo. Ver este tipo de magia. Ver este talento extraordinario en la
zurda de algún otro pibe que pase de los potreros a los escenarios de la élite
del fútbol mundial y que nos regale tantas alegrías como Messi nos regaló.
Fueron veinte años
hermosos. Con sus penas y glorias, no le cambiaría ni un solo detalle. Ni las
finales perdidas, ni las frustraciones de estar tantas veces tan cerca y que
faltaran cinco para el peso. Porque toda gran película necesita de un poco de
drama para darle un cierre épico al camino del héroe. Y qué pedazo de héroe fue
Messi para nosotros. Hasta siempre, Leo.
JMR
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