Libros
La novela Elena sabe de la autora Claudia Piñeiro es una historia que nos habla de la vulnerabilidad del cuerpo y la soledad de enfrentarse a la propia enfermedad sin una red de contención en las etapas finales de nuestra vida. Una historia que duele por todo lo que está por llegar.
Es difícil decir que uno tiene un libro favorito. Como con las canciones, los gustos y la conexión personal que cada uno de nosotros puede tener con la obra va variando de intensidad en el tiempo. Por eso puedo decir que tengo libros favoritos y no uno solo. El libro sobre el que voy a escribir esta semana se transformó en uno de mis libros favoritos. Me refiero a Elena sabe, escrito por Claudia Piñeiro.
Este ya es el segundo libro sobre el que escribo una columna de esta autora argentina, luego de haber escrito con anterioridad sobre La muerte ajena. Y es que Piñeiro tiene una facilidad asombrosa para escribir con una prosa que describe las cosas duras de la vida sin adornos innecesarios que suavicen las escenas, pero sin caer tampoco en vulgaridades ni golpes bajos. Así, creo que es la primera vez que un libro me ha dolido tanto leerlo, por las escenas que describe, que se ha transformado en uno de mis favoritos.
La trama (sin caer en spoilers, nada de lo que diga está fuera de lo que se puede leer en la contratapa del libro) es la siguiente: Rita aparece un día de tormenta colgada por el cuello desde una soga en el campanario de la iglesia a la que asistía. Todo apunta a que se suicidó. Pero quien no cree en la teoría de la policía sobre el suicidio es su madre, Elena. Para ella, Rita no sería capaz de suicidarse en esas condiciones, por lo que cree completamente que alguien tuvo que haberla asesinado. De esta forma, Elena emprende un dificultoso viaje desde su casa en Burzaco hasta el norte de la Capital Federal para buscar ayuda en la única mujer que puede ayudarla a dilucidar el misterio sobre la muerte de su hija.
¿Qué tiene de dificultoso este viaje que para cualquiera de nosotros no sería más de una hora y media en transporte público? Lo que convierte este viaje en una odisea para Elena es el hecho de que ella sufre de un Parkinson en estado avanzado, lo que la hace completamente dependiente de sus pastillas de Levodopa (fármaco con el que se sobrellevan los efectos de esta enfermedad) para poder hacer algo tan sencillo como dar un paso después del otro.
El dolor así no viene de una simple historia sobre la muerte de una hija, o de un thriller sobre un misterio policial a resolverse. El dolor viene desde las escenas cotidianas que describe Piñeiro, frente a un cuerpo diezmado por la enfermedad: la hija que debe convertirse en la madre de su madre a la fuerza; la soledad de las personas que dependen de un sistema de salud que constantemente les da la espalda a propósito para que la gente se canse y no insistan en las prestaciones médicas que deben ser cubiertas por su plan médico; la desesperación que de ahora en adelante, si la vida dolía, solo podemos esperar algo mucho peor en lo que está por venir.
Elena sabe duele. Duele leerlo. Duele ver el dolor en el cuerpo de Elena, quien a partir de la muerte de Rita (y aunque la novela no toque este punto) deberá enfrentarse a la etapa final de su vida en completa soledad, esperando el momento en que su cuerpo ya ni siquiera pueda levantarse de su cama y cuando esperará la muerte por hambre o por sed, porque ya no habrá nadie para asistirla cuando por cualquier motivo sus extremidades digan basta y no haya pastilla de Levodopa que pueda volver a darle un día más. No hace falta que la autora siquiera mencione esto en la novela. Es que simplemente es inevitable transportarnos como lectores a ese momento que no encontramos en las páginas del libro, pero que sin lugar a duda nos preguntamos ¿qué haría yo si esto me pasara a mí? Y a pesar de todo lo malo, a pesar de las dificultades y del posible escenario de un abandono total, Elena todavía tiene las ganas de vivir, de aferrarse a la vida, lo mucho o poco que le quede, lo bueno o lo malo que eso sea, o lo que signifique una vida.
Pero Elena sabe también duele por el dolor en el alma. Por el martirio de una Rita que está sola frente al deber del cuidado. De quien se ve en la situación de tener que abandonar su vida para convertirse en cuidadora a tiempo completo. De quien tiene que convertirse en una enfermera ad hoc para su madre, para limpiarle la baba pastosa que cae de su boca, cortarle las uñas, limpiarla después de que haga pis, bajarle y subirle la bombacha y todo lo que uno nunca quisiera tener que hacerse cargo respecto de sus padres, pero que al estar solas en el mundo y sin recursos económicos para hacer uso de otras opciones, inevitablemente la carga no puede hacerse más ligera.
Quizás a partir de la lectura de Elena sabe podamos tomarnos un minuto para pensar en quienes no tendrán quien los cuide en los momentos más vulnerables. Quizás podamos empezar a saber qué hacer para reclamar por un mundo donde nadie deba enfrentarse a la vulnerabilidad de la enfermedad en completa soledad.
JMR
0 Comentarios