Música
Se cumplen 10 años de la muerte de Scott Weiland. Una vida marcada por excesos que nos legó una de las confesiones más brutales y honestas del rock contemporáneo.
Me resulta un poco difícil encarar una columna para hablar
de Scott Weiland. No por falta de información; lo cierto es que internet
está lleno de páginas y páginas dedicadas a todo proyecto musical en el que el
cantante haya participado. Tampoco por falta de trayectoria, ya que estamos
hablando de un verdadero coloso de la historia de la música contemporánea: Weiland
formó parte de dos grupos muy reconocidos en la historia del rock. Entre los
años 1992 a 2002 lideró a Stone Temple Pilots, íconos totales del movimiento grunge.
También formó parte del supergrupo Velvet Revolver, donde compartió formación
con tres ex Guns N Roses: Slash, Duff McKagan y Matt Sorum, entre
los años 2003 a 2008. Finalmente, regresó a las filas de Stone Temple Pilots en
el año 2008, hasta su expulsión definitiva de la banda en el año 2013.
Hablar desde las adicciones a las drogas y el alcohol
tampoco pareciera hacerle justicia. Las crónicas de la música están llenas de
páginas sobre excesos, adicciones, tragedias y escándalos protagonizados por
más de una estrella de rock y caer en ello parecería ya demasiado cliché,
demasiado poco original. Pienso entonces que Scott Weiland se merece ser
recordado, al menos en esta columna, y a casi una década de su fallecimiento,
por su música y por todo lo que ha legado a sus fanáticos.
Habiendo dicho esto, parece entonces resultar traicionero
hablar de una de las canciones más tristes, pero a la vez más potentes que la
prosa de Scott haya dejado para la eternidad. Me refiero a Fall to Pieces,
una canción que forma parte del primer disco de Velvet Revolver, Contraband,
estrenado en el año 2004. Sin embargo, hay algo de autorreconocimiento, algo
poner el dolor sobre el papel, algo de no esconderse detrás de la fama y hacer
frente a los demonios internos que le hace algo de justicia al cantante en esta
letra.
Hay canciones que verdaderamente no se cantan, sino que se
sacan de lo más profundo, desde la mismísima sangre de las venas, que se
arrancan de la piel y de la carne de quien las escribe; canciones que son una
confesión desde lo más oscuro que puede atravesar una persona con una vida tan
intensa como Weiland. Fall to Pieces es una de estas canciones. Se trata
de una power ballad (por si alguien estaba interesado en el género, más allá
de los densos enciclopedia de la música) y es una autorreferencia a la vida
de su autor: su lucha con sus adicciones y el distanciamiento hasta la separación
definitiva con su segunda esposa, Mary Forsberg.
“Ha sido un año largo desde que te has ido. He estado
solo aquí, me he vuelto más viejo”. Con estas líneas, Scott le habla directamente
a Forsberg, mientras se encontraba (una vez más) en rehabilitación, tiempo
durante el cual escribió la letra de la canción. Por supuesto, las adicciones
no le jugaron una mala fortuna a Weiland solo en lo profesional. Además de ser expulsado
de dos de sus bandas, su familia ya estaba harta también de los excesos y el
comportamiento errático del cantante. Cualquiera que haya tenido un familiar
con algún tipo de adicción sabe que no es para nada gracioso tener que soportar
este tipo de situaciones.
Después de esta dedicatoria indirecta, Weiland parece no
poder dejar de confesarse a lo largo del resto de la canción: “cayéndome a
pedazos, estoy cayendo. Caí a pedazos y sigo cayendo”. Demasiados años de
repetir la misma historia, el sentirse incapaz de salir de algo tan difícil como
la adicción a la cocaína y demás drogas pesadas. Scott se debate entre gritos
de angustia y pedidos de ayuda.
Si hay algo que le hace verdadera justicia a Fall to
Pieces es su videoclip. Personalmente, no crecí en la época en que los
videoclips dominaban la televisión, pero como millennial formado a base de
YouTube, pasé horas mirando esas piezas que daban vida a las canciones en
imágenes. Muchos de ellos no guardan relación alguna con lo que la letra
cuenta; con esta canción, en cambio, ocurre exactamente lo contrario. El
videoclip de esta canción es en extremo doloroso. En este aparece la mismísima esposa
de Weiland, Mary Forsberg, y las escenas entre ambos se van alternando entre
momentos de amor y abrazos, con escenas de discusiones y peleas, siendo incluso
llevado Weiland en un patrullero en uno de los recuerdos que alternan en el
video. Ver como Weiland aparece al
comienzo del clip cantándole desde el escenario directamente a su esposa quien
lo mira desde abajo, en un salón que está completamente vacío es desgarrador.
Acá también se muestra la dinámica que Scott tenía con la
banda: se lo ve desplomarse por una sobredosis (el video no menciona
explícitamente que sea heroína, aunque aparece inyectándose en el brazo),
mientras Duff McKagan lo levanta del piso y lo saca del lugar, justo cuando una
fanática con la misma sobredosis muere allí mismo. La escena funciona como una
referencia directa a los intentos de Duff por ayudar a Scott a salir de sus
adicciones. Como fue el propio McKagan quien lo reclutó para el proyecto, también
fue él quien asumió el rol de acompañarlo —o al menos intentarlo— en su lucha
contra las drogas.
Fall to Pieces terminó por ser no solo la canción autobiográfica que definió la vida de Weiland. Terminó siendo una profecía: el jueves 3 de diciembre de 2015, en Bloomington, Minnesota, Scott Weiland fue hallado muerto a causa de una sobredosis, en el micro que lo llevaba de gira con la que fue su última banda: Scott Weiland and the Wildabouts. Tenía tan solo 48 años.
Aun así, a casi diez años de su muerte, podemos recordar a Scott Weiland como alguien que dejó mucho más que una vida de excesos. Fue alguien que nos heredó una de las confesiones más duras y desgarradoras del rock contemporáneo, alguien quien supo que estaba cayéndose a pedazos y decidió transformar todo ese dolor en tinta sobre el papel.
JMR
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