Opinión

Existe una sensación generalizada de no contar con un grupo de amigos sólido en el cual encontrar pertenencia. Una reflexión que se mueve entre la sobreexposición en redes sociales a la vida social ajena, que fomenta comparaciones innecesarias, y las aplicaciones para matchear con desconocidos.

Insignia de Autor
🔊 Escuchá esta columna de Treintennials

Hace un tiempo empecé a notar algo que se repetía en varias personas en redes sociales, sobre todo en X (Twitter para todos) y en Bluesky (una especie de Twitter, pero sin tanto odio ni trolls pagos): esa sensación medio incómoda de no poder registrar del todo la propia vida social y de que, sin darnos cuenta, pesa más ver en las historias de Instagram que todo el mundo armó un plan para el fin de semana menos uno. Da igual si hace poco nos juntamos con amigos, brindamos con gente del trabajo o fuimos al cumpleaños de ese compañero de facultad con el que cursamos mil materias. Hay algo en esa exposición permanente a lo bien que la pasan los demás que termina empujándonos a preguntarnos si tenemos, o si estamos pudiendo construir, los amigos y los grupos que nos gustaría tener.

Creo yo también que es esa parte de la vida, cuando ya va pasando los treinta años, de la que no nos avisaron cuando fuimos creciendo: esa sensación de que poco a poco uno se va alejando de sus amigos. No es que sea algo intencional, sino que muchas veces la vida y la rutina se van encargando de que ciertas cosas vayan pasando para que se dé este resultado. El trabajo, las reuniones familiares, los trámites de la vida cotidiana. Crecer y ser un adulto funcional implica en muchas ocasiones ir relegando otras actividades.

Crecer también implica que los amigos de uno ya no se encuentren atomizados en el mismo grupo: algunos factores como el haber rotado por distintos trabajos, el haber cursado ya varias cátedras diferentes de la facultad, el comenzar alguna actividad como un deporte o ir a una escuela de música a aprender algún instrumento, son todas situaciones que nos llevan a conocer a diferentes personas y a generar nuevos vínculos que también van tomando parte de nuestro tiempo. Así, cuando uno va teniendo sus momentos libres para poder juntarse con otras personas, pareciera que uno tiene que tener una agenda exclusiva como para poder ir dedicándole alguna tarde cada tres meses a ver a ese amigo que hace rato no ve. Una especie de economización de las relaciones de amistad.

Tampoco tenemos que olvidar que el mundo no gira alrededor nuestro. Si las cosas marchan relativamente de forma normal para todos nosotros, lo más habitual es que nuestros amigos también tengan otros grupos de amigos, los que a su vez tienen otros amigos diferentes. Coordinar así para que todo el mundo pueda encontrarse con todo el mundo pareciera una tarea de un Estado comunista, más que el desarrollo natural de lo que son las relaciones sociales. Esto no existe, no es real en la vida del día a día. Lo que termina sucediendo es que, quienes tengan más iniciativa y usen más energía para coordinar todo, terminen por poder encontrarse con las personas que quieren verse. Una especie de carrera por ocupar el tiempo libre del otro.

Le queda a uno entonces esa necesidad de sentir pertenencia, de sentir que encontró su lugar en un grupo. Que somos seres sociales ya lo sabe todo el mundo, e incluso hasta las personas más antipáticas terminan sintiendo, a la larga, esa necesidad de conectar, de vez en cuando, con otras personas. En algún momento es normal preguntarse ¿Por qué nos cuesta tanto hacer nuevos amigos? ¿Es demasiado pedir tener un grupo normal de gente con la que poder juntarse y compartir las cosas de la vida? No es necesario, por obvias razones, que todos los grupos de amigos parezcan una sitcom de los noventa como Friends. Pretender llegar a algo tan guionado como eso es totalmente irreal. Sin embargo, esa necesidad ahí está. Un poco influenciado, como dije, por este “todo el mundo se encuentra con todo el mundo menos uno” al que nos exponen constantemente las redes, pero también por otro lado por esas ganas de pertenecer.

En la era de la tecnología y redes sociales en la que vivimos, todo esto que menciono terminó convirtiéndose en una idea que los cofundadores Maxime Barbier y Adrien de Oliveira llevaron a la pantalla de nuestros celulares en forma de una aplicación llamada Timeleft. De origen Francés, esta aplicación se usa para que las personas puedan formar un grupo de amigos. La idea es que cada usuario que se registra pueda completar una especie de cuestionario en el cual la aplicación va detectando características de su personalidad y poder “matchearlo” con otras cinco personas de intereses y gustos similares. Una vez se completa el formulario, el usuario tiene la opción de poder “reservar” un lugar en una mesa de un restaurante para ir a cenar con cinco desconocidos, con fines de formar un grupo de amigos. Una especie de Tinder, pero para amistades.

Lo cierto es que en esta vida adulta, el enfrentarse al reto de generar nuevas amistades también expone nuestra vulnerabilidad. Es que resulta que ya no se nos da de forma tan natural el cruzarnos con nuevas personas para ir construyendo nuevos vínculos. Cuando éramos más chicos y teníamos que ir a la escuela todos los días, nos veíamos las caras con otros treinta adolescentes que estaban en nuestra misma situación. Lo más común es que todos nosotros mantengamos un grupo de amigos de la secundaria que nos siguen acompañando hasta estos días. Lo mismo cuando uno va a la facultad. No es que uno vaya todo el tiempo a hacer sociales, pero compartir 6 meses de catedra, dos o tres veces por semana, hace que en algún momento tengamos que hablar con otras personas.

En cambio, cuando uno ya pasó toda esta etapa, por lo general el único lugar constante que nos queda para ir formando vínculos es el trabajo. Hay algo que nos refrena un poco también a exponernos en el ambiente laboral a formar amistades. Siempre está ese dejo de fondo de que sobre exponerse en el trabajo puede terminar por jugar en contra de la carrera laboral de uno, sobre todo cuando uno no puede estar dándose el lujo de abandonar un trabajo.

En definitiva, en un punto podríamos dejar de pensarnos como un problema a nosotros mismos en cuanto a nuestra forma de relacionarnos. Ese sentimiento de dificultad para conectar con otras personas, en términos de amistad, termina siendo un sentimiento bastante generalizado en esta etapa de la vida. Influye mucho la complejización de nuestro entorno social, las múltiples opciones de donde pasar nuestro tiempo, y con quien compartirlo, lo que termina provocando que se diluyan los vínculos que antes estaban más concentrados en grupos sociales más pequeños.

No está demás recordar que solo nosotros somos dueños de nuestra vida y de las elecciones que podemos hacer sobre con quien compartir momentos. Salir de lugares que ya no nos aportan esa contención y confort como lo solían hacer no es ser egoístas, sino saber reconocer que las personas cambian, los contextos se modifican y que, quizás, necesitamos hacer espacio en nuestra vida para poder generar ese espacio necesario para volver a construir ese lugar de pertenencia que tanto anhelamos. 

 

JMR