Opinión

Cada hecho que se da en la vida real termina teniendo su reflejo en el contenido que se vuelca a redes sociales. La intervención militar en Venezuela por parte de EE.UU nos deja otro claro ejemplo de como los fascistas no pueden aguantarse las ganas de mostrar la hilacha. 

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Que todo lo que sucede en el mundo a nivel político, económico y social termina apareciendo en cuestión de minutos en las redes sociales ya no es novedad para nadie. Vivimos tantas horas conectados a las pantallas de nuestros celulares, tablets y computadoras, que resultaría ilógico que gran parte de todo lo que afecta a nuestra vida no tuviera, en mayor o menor medida, su reflejo en internet.

Dicho ello, uno empieza a reflexionar, cada vez más seguido, cómo quiere que sea su relación con las redes sociales: si uno solo quiere conectarse un par de minutos (que nunca terminan siendo minutos, sino más bien horas y horas) a ver historias de nuestros amigos sobre lo que hicieron el fin de semana, sobre lo que están comiendo, alguna selfie al pasar frente a un espejo en el living, ver reels graciosos de animales haciendo tonterías, ver resúmenes de eventos deportivos, o lo que nos sirva para desconectarnos un rato de las obligaciones de la rutina.

Por el otro lado, otra forma de consumir contenido en redes sociales pasa por un lugar más conectado a esta realidad política, económica y social a la que hacía referencia al principio de esta columna. Y así como en esta forma de usar nuestras redes sociales encontramos contenido producido obviamente por grupos de interés, como medios de comunicación o grupos económicos, nos encontramos con algo mucho más cercano a nosotros: aquellos conocidos o contactos que tenemos en redes que replican ese contenido, respecto de cierto hecho del mundo real, o que directamente crean el suyo (con algo tan sencillo como subir una historia de Instagram con un texto escrito y algún que otro emoji o sticker).

Obviamente, no voy a revelar ninguna novedad para nadie cuando señale que, cuando vemos contenido que replican nuestros conocidos en redes sociales, con el que muchas veces no solo no estamos de acuerdo, sino que estamos en el extremo contrario de lo que nos quieren transmitir con ese contenido, surge en nosotros un sentimiento visceral de desprecio, no solo hacia lo que vemos, sino también hacia quienes lo comparten (al respecto hay un libro muy interesante que explica este fenómeno llamado Fake news, trolls y otros encantos: Cómo funcionan (para bien y para mal) las redes sociales, de los autores argentinos Natalia Aruguete y Ernesto Calvo). No es ya que nos moleste lo que vemos en la pantalla de nuestros teléfonos, sino que ya lo que nos causa rechazo es la persona misma que tomó la decisión de avalar la ideología reflejada en ese post o en esa historia compartida en redes sociales.

Para cuando publique esta columna, habrán pasado un poco más de veinticuatro horas desde que Estados Unidos realizara la intervención militar que tuvo lugar en el territorio soberano de Venezuela, con la captura y secuestro de Nicolás Maduro. Para cuando esto esté publicado, habrán pasado también un poco más de veinticuatro horas desde que Donald Trump declarara frente a la prensa que Estados Unidos se encargaría de administrar Venezuela, como si el Derecho Internacional Público no existiera, la Constitución venezolana fuera papel higiénico o como si solo por tener el ejército más poderoso del mundo, uno pudiera ir como un matón por el mundo haciendo lo que le parece bien con unos, y mirando para otro lado cuando quien hace las mismas cosas resulta un aliado político.

No me interesa ponerme a analizar en esta columna las violaciones al Derecho Internacional Público, las consecuencias diplomáticas o bélicas del conflicto o si Nicolás Maduro resulta ser un dictador o no. La discusión ya está siendo ampliamente abordada por los medios tradicionales y seguramente van a estar ocupando tiempo de pantalla por bastante rato como para que cada uno saque sus conclusiones.

En cambio, en lo que no puedo dejar de pensar es en la cantidad de personas que no tienen problema alguno en demostrar la cantidad de fascismo que les corre por las venas, compartiendo mensajes en redes sociales como "make venezuela great again", en referencia al slogan conservador utilizado por el Partido Republicano estadounidense. Personas que no solamente están encantadas de ver cómo Estados Unidos entra a través de las fronteras soberanas de un país sudamericano a desplegar un comando militar para secuestrar a un presidente que no es afín al gobierno republicano de los vecinos del norte. Personas que en el mismo sentido han celebrado el genocidio que el Estado de Israel está llevando a cabo contra el pueblo Palestino en la Franja de Gaza. Personas que festejan cada represión que hace el gobierno de Javier Milei contra la protesta social que se da en las calles argentinas, por parte de un pueblo que está cansado de ver cómo se le mete la mano en el bolsillo para solventar el pago de intereses de una deuda fraudulenta al Fondo Monetario Internacional.

No se puede ser ilusos en creer que son personas que quieren defender una “sociedad ordenada en base a reglas claras” para todos. Porque lo cierto es que ese supuesto deseo de tener una sociedad ordenada y próspera no soporta un análisis mínimo. ¿Cómo explicar entonces que son esas mismas personas las que dicen defender un Estado de derecho, pero luego hacen la vista gorda con los ataques contra la prensa? ¿Cómo explicar que esas personas dicen querer asegurar la defensa de los derechos humanos de los venezolanos que están bajo el régimen de Maduro, pero que luego se callan la boca frente a los ataques constantes del presidente de Argentina contra la comunidad LGBTIQ+, tildándolos de enfermos, pedófilos y comparándolos con alguien que tiene piojos? ¿Acaso no son las mismas personas las que celebran el derrocamiento de un dictador como Maduro las que luego vemos tildando a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo como viejas que llevan adelante un curro, para luego pedir que se cuente “la historia completa” de la época de nuestra última dictadura cívico-militar?

Hay que ser bastante ingenuo, la verdad, como para empezar a aceptar siquiera que nos encontramos frente a personas a las que les interesa debatir un modelo de sociedad, con reglas claras y justas para todos. Porque no lo son. Al fascista no le interesa debatir, le interesa imponer su visión de sociedad. No le interesan las pruebas, los argumentos o la defensa de los derechos humanos. Al fascista solo le interesa que las balas y los gases lleguen contra los que denuncian las injusticias de un modelo de sociedad que genera desigualdad. Le interesa que su pulcra visión de un mundo de gente de bien no se vea manchada por los marronazos y los maricas que claman por lo que para todos son derechos básicos humanos, pero para ellos son un curro o ideología de género.

Cada uno usará sus redes sociales a gusto y piacere. Habrá días en los que uno se comprometa con la defensa de una sociedad igualitaria y habrá días en los que solo quiera ver un compilado de gatitos durmiendo la siesta en lugares extraños. Por mi parte, cada vez estoy menos interesado en mantener en mi círculo online a aquellos que derrochan su conservadurismo disfrazado de orden y progreso. Cada vez me interesa menos ver el contenido de estos ciudadanos ilustres.

 

JMR