Opinión
Cuando no se pertenece al 1% de la sociedad, las incomodidades y problemas de la vida cotidiana calan hondo en la psiquis personal. Una reflexión desde este lado de la economía.
Era la 1.45 am y hacía un calor insoportable. Estaba ya
dormido a esa hora, pero no sé cómo, me desperté minutos antes de escuchar un
sonido en medio de la oscuridad del departamento. Un “pip” en medio de la
madrugada que reconocí de forma inmediata: el aire acondicionado del cuarto se
había apagado. Se había cortado la luz. Inmediatamente, me asaltó un
pensamiento de bronca, no por el corte de luz en sí mismo, sino porque pensé en
lo que implicaba el que se haya cortado la electricidad. En ese momento, en casa
teníamos el freezer de la heladera lleno de carne, porque justo unos días antes
había tenido la enorme suerte de ganarme el primer premio del sorteo de la
carnicería del barrio. “Mal momento para haber sacado el día anterior la costra
de hielo del freezer”, pensé. Casi como si esa hubiera sido la última línea de
defensa para no perder casi 7 kilos de carne que teníamos guardados.
El día fue el 31 de diciembre de 2025. Un fallo en la Subestación
Bosques de Edesur había dejado sin servicio eléctrico a más de un millón de
usuarios en gran parte del Conurbano. Por fortuna para mí, el corte no duró
mucho en nuestra zona y aproximadamente dos horas después teníamos electricidad
de nuevo. No tuvieron la misma suerte otros miles de usuarios, quienes tuvieron
que pasar un día entero sin luz con temperaturas extremas, en la última noche
del 2025. Quedarse sin luz no es algo que solamente es molesto, es algo que
rompe bastante los huevos, sobre todo en épocas de calor insoportable.
– Los ricos no conocen la incomodidad. La vida moderna de las masas está llena de incomodidades pequeñas que te van horadando todo el día, hasta que un día explotas. – Tamara Tenenbaum."
Afortunadamente (aunque uno se ríe para no llorar por tener
que decir “afortunadamente”) no vivo en una zona que suela tener problemas con
la luz. En los casi tres años que llevo viviendo en el departamento donde
convivimos con mi pareja, los pocos cortes de luz que hemos tenido han durado
pocas horas. Sin embargo, el año pasado lo vivimos atravesados por otro
problema relacionado a un servicio básico: quedarnos sin agua durante varias
horas, casi todos los días. Un problema que empezó en el edificio en el que
vivimos en mayo de 2025 y que pareciera que (crucemos los dedos) se está
solucionando recién ahora en enero de 2026. Puede parecer algo que no es tan
grave, pero organizar la vida de uno, sin saber a qué hora determinada va a haber
agua, es algo que también rompe bastante las pelotas: no saber si uno tiene
agua al llegar a casa después de hacer un deporte para bañarse; no saber si el
lavarropas se va a cortar a medio ciclo de lavado, dejando todo lleno de jabón
y empapado, arruinándose la ropa; no saber si uno va a tener agua para cocinar
un simple plato de fideos para cenar.
A veces uno da por sentado el tener algo tan básico como
agua en su casa. Pero cuando esta empieza a faltar, se trastoca toda la
organización de los momentos en los que uno puede considerar que su vida estaba
en paz. Sobre todo cuando quien administra el consorcio no quiere darle ninguna
respuesta a uno, solamente por ser inquilino, y que la contestación sea que “solamente
administra para los propietarios”. Como si uno se tratara de un vecino de
segunda clase en el edificio. Todo un sistema de castas distribuido en doce
departamentos.
Cuando me pongo a pensar en estos problemas, se me vienen a
la mente las palabras que le escuché decir a Tamara Tenenbaum en el
podcast literario La Ventana Indiscreta, conducido por Ana Correa,
al referirse a la disociación de la política para con las personas que no
pueden progresar: “Creo que la mayoría de los políticos y muchos líderes
económicos también realmente no tienen idea del resentimiento que acumula la
gente: porque el colectivo no llega, porque se cortó la luz, porque esta semana
no hay agua. Yo me doy cuenta cuando uno conoce ricos y como viven los ricos. Y
claro, los ricos no tienen problemas, a un nivel de que se corta la luz y se
van a otro departamento, se van a un hotel, o tienen grupo electrógeno o lo que
sea. Pero no conocen la incomodidad. Y la vida moderna de las masas está llena
de incomodidades pequeñas que te van horadando todo el día, hasta que un día
explotas.”
Los ricos tampoco entienden como vivimos del otro lado de la
economía las pequeñas incomodidades. Quizás no por una falta de empatía para
quienes no planeamos todos los años unas vacaciones en Europa, sino porque las
dificultades que afrontamos de este lado no forman parte de su mundo, por lo
que realmente no pueden tomar dimensión del impacto que estas pequeñas
incomodidades generan en nuestra vida y en nuestra psicología.
Casi calcado del guion de Parasite, la ganadora del
Oscar a mejor película en el año 2019, recuerdo como una antigua usuaria
bastante conocida de X (ex Twitter), bajo el seudónimo de “Caliopa”, contaba
como cada vez que llovía en su barrio le daban ataques de ansiedad por las
goteras en su casa, teniendo que controlar cada minuto que durara la lluvia que
no filtrara agua y se arruinaran los muebles de su hogar, en el que convivía
además con sus hermanos, de los cuales tuvo que hacerse cargo. Así, como mostraban
en el final de la película surcoreana, la lluvia puede ser un momento de unión
para una familia pudiente, al sentarse a contemplarla a través de un ventanal
con algo caliente para tomar, mientras que para otras familias sin esos
recursos la lluvia significa la vulnerabilidad frente a la naturaleza. El miedo
a perder lo poco que se tiene por no poder defenderse frente algo tan cotidiano
como la lluvia.
Al crecer, nos damos cuenta lo sencilla que en muchas
ocasiones resultaba nuestra vida cuando éramos más chicos o adolescentes: no
teníamos que solucionar todos los problemas, todas las incomodidades de la vida
adulta. No teníamos que preocuparnos de conseguir un turno por la obra social
que nos da miles de vueltas para autorizar un estudio médico sencillo; no teníamos
que preocuparnos por arreglar la cañería del baño que pierde, ni tampoco de las
goteras del techo cada vez que llovía. Cuando tenemos sobre nuestros hombros el
peso de todas estas incomodidades, lo único que deseamos muchas veces es poder
pasar una semana entera sin tener que resolver estos problemas de la vida
cotidiana. Deseamos no tener que preocuparnos de las cosas que no se preocupan
los ricos.
JMR
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