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La película La chica más afortunada del mundo, basada en la novela de Jessica Knoll y protagonizada por Mila Kunis, nos regala un claro ejemplo de que hay historias que hay que contar sin filtros ni preocupaciones por el "qué dirán".

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Escribir no siempre es fácil. No porque uno tenga un bloqueo de escritor, o le falte la inspiración para hacerlo (aunque eso pase muy seguido), sino porque muchas veces uno tiende a autocensurarse. Exponerse a la crítica pública no es fácil, ya sea por lo que uno opina o por el temor del autor al “qué pensarán de mí” si leen esto. Es entonces cuando uno amolda lo que realmente quiere escribir a una versión más soft o friendly para un público amplio.

Sin embargo, cuando el autor hace esto, casi está cometiendo un delito, un pecado: le está robando el alma, la esencia misma a su creación, a su obra, con el solo propósito de no caer mal, de no ganarse enemigos o solamente para agradar, sacrificando lo que realmente le quería decir uno al mundo. Al igual que la frase que se le atribuye en Internet a Ludwig van Beethoven: Tocar una nota equivocada es insignificante; tocar sin pasión es imperdonable”, el escribir a medias tintas y no comprometerse con lo dicho, termina por volver cada palabra escrita en algo totalmente intrascendente.

Es por eso por lo que esta semana quiero recomendar enfáticamente la película La chica más afortunada del mundo, basada en la novela del mismo nombre de la autora estadounidense Jessica Knoll y protagonizada por la talentosa Mila Kunis (conocida mundialmente por haber interpretado el papel de Jackie Burkhart en la sitcom That 70s Show). En este punto, hago la advertencia de que esta columna tiene spoilers sobre la película, pero igualmente los invito a terminar de leerla.

– Deja de proteger a los que te aman, que te fallaron por completo, con este artículo a medias y así podrías tener algo. Pero, por ahora, seré muy clara: una aproximación a la verdad no basta para el periodico de referencia. Así que vuelve a intentarlo. Escríbelo como si nadie fuera a leerlo. Así se escribe algo que vale la pena leer — Lolo Vincent (interpretada por Jennifer Beals).

La trama de la película tiene como protagonista a Tifani “Ani” Fanelli (interpretada por Kunis), una editora de revistas femeninas que vive en Nueva York. Ani, que está a punto de casarse con su prometido, parece tener la vida perfecta: un trabajo en una revista respetada, un prometido adinerado y acceso a una vida social de elite. A pesar de lo que parece una realidad soñada, la vida de Ani empieza a alterarse cuando un productor de documentales se comunica con ella, pidiéndole que participe en un cortometraje sobre un tiroteo escolar ocurrido en el pasado, del cual Ani es sobreviviente.

A pesar de que el hecho de haber sobrevivido a un tiroteo escolar ya es bastante traumático en sí mismo, lo que más afecta a Ani es que en el documental también va a participar Dean Barton (interpretado por Alex Barone), un ex compañero de escuela de Ani quien, a partir de haber sobrevivido al mismo tiroteo, se convirtió en escritor y en activista a favor del control de armas en Estados Unidos.

Lo más doloroso para Ani es que fue el mismo Dean, junto a otros compañeros de la escuela, quienes la violaron en grupo después de una fiesta organizada en el colegio, de la cual ella y el resto se fueron para seguir festejando en la casa de otro de sus compañeros, donde ocurrió el ataque. De esta forma, vemos cómo Ani se debate durante toda la película sobre su participación en el documental y sobre la posibilidad de enfrentar y exponer a su violador frente a los ojos del mundo.

La historia de Ani no es una simple ficción más. Por el contrario, es la historia real de la autora del libro: Jessica Knoll, quien trabajó como editora para la revista Cosmopolitan. Knoll reveló, años después de haber escrito la novela, que la historia de Ani está basada en su propia experiencia real de haber sido víctima de una violación en grupo a los 15 años, por parte de sus compañeros de colegio. Como en la ficción, Knoll se vio en una situación de extrema vulnerabilidad, toda vez que sus compañeros provenían de familias ricas y poderosas de Filadelfia, a diferencia de ella, quien pertenecía a una familia con escasos recursos económicos.

En la película, podemos ver cómo Ani va juntando coraje para confrontar finalmente a su agresor y hacerle reconocer que él la había violado. Esto nos lleva al siguiente punto de quiebre en la trama: Ani escribe un ensayo que será publicado por el New York Times, en el cual cuenta la historia de su ataque y expone a sus violadores. Es en este punto donde su jefa le dice que, si quiere escribir algo que realmente valga la pena leer, que no escriba un artículo a medias, protegiendo a todos los que le fallaron. Si quiere escribir algo que valga la pena leer, que escriba lo que realmente quiere decir, como si nunca nadie fuera a leerlo.

Cuando Ani sigue el consejo de su jefa y reescribe su ensayo, el mismo es publicado por el New York Times. Así, Ani descubrirá que su ensayo logró que muchas mujeres que pasaron por la misma situación pudieran sentirse acompañadas y agradecidas por el hecho de que alguien haya tenido el valor de contar al mundo la injusticia que muchas de ellas sufren en silencio, dándoles la fuerza necesaria para que ellas también pudieran contar su historia.

La chica más afortunada del mundo me recuerda a otro caso, en el cual escribir sin filtros ni reparos repercutió fuertemente en los medios de comunicación de la Argentina. El 17 de mayo de 2025 se publicó en el diario Perfil la columna titulada Nadie Lee Nada, de la periodista Leticia Martin. En esta columna, Martin denunció públicamente que el diario Perfil, para el cual trabajaba hasta ese momento como columnista, hacía seis meses que no le pagaba por su trabajo. Más indignante aún, resulta que la periodista solamente cobraba cincuenta mil pesos por mes por la entrega de sus columnas semanales. Luego de publicar esta columna, Martin dejó de escribir para el diario Perfil. Sus últimas palabras para este medio fueron “Cincuenta mil pesos de honorarios por mes con seis meses de demora. Cincuenta mil.” El caso de Leticia Martin se volvió viral y puso al desnudo la precarización que viven los periodistas y el resto de los trabajadores en los medios de comunicación.

Otro caso en los medios locales es el de la activista trans Bárbara Di Rocco, quien recientemente ha publicado dos columnas en elDiarioAr. En ambas columnas, Di Rocco nos habla sobre las vivencias de las mujeres trans en la Argentina. La primera de ellas relata, con la crudeza justa pero necesaria, como la prostitución se convierte en casi el único medio de subsistencia para las mujeres trans: “Ahí entendí todo. Yo, que en la vida —y en la infancia— jamás había pasado hambre, entendí de golpe mi realidad. Entendí que el sexo y la prostitución se me habían vuelto una herramienta para conseguir algo tan básico como un plato de comida. No lujo. No capricho. Comida. Fui yo la que decidió chupar una pija antes que pedirle prestado a mis amigas, antes que llamar a mi padre y decirle que estaba fracasando, como él seguramente suponía. No revolví la basura. No esperé compasión. Elegí el camino que tenía a mano, el único que no me pedía papeles, explicaciones ni permiso.”

No se puede quedar bien con dios y con el diablo, dice el dicho. La historia de Jessica Knoll, reflejada en la historia ficticia de Ani, es otro ejemplo de que las historias que valen la pena contar deben ser contadas sin la intención de agradar a todo el mundo. Son las verdades desnudas y sin filtros las que calan hondo en quien las lee y las que pueden marcar una diferencia, sea dando el puntapié inicial para el debate social, o para al menos acompañar a quienes están atravesando por la misma situación. Son estos casos los que nos recuerdan que las buenas historias no se escriben a medias tintas. 

 

 

JMR