Opinión

La misión Artemis II tiene como próxima fecha potencial de despegue el 6 de marzo. Un evento histórico para la humanidad y una oportunidad para, por un momento, poner pausa a las crisis de nuestra vida para presenciar algo extraordinario.

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Esta semana fue realmente complicada para la tranquilidad de millones de argentinos. La reforma laboral que finalmente concretó el Congreso de la Nación (falta ver cómo quedará el texto final de la ley luego de que el proyecto regrese al Senado) es un grave retroceso en materia de derechos de los trabajadores. Demasiado grave como para que demasiados de nosotros no nos hayamos ido a dormir con un sabor amargo al final de la votación en la Cámara de Diputados.

Por eso esta semana quise escribir de algo totalmente diferente. Algo que contraste con todo lo malo que sucede en la Tierra para, por unos instantes, poder admirar una proeza histórica que está llevando adelante la humanidad en este instante, dejando en pausa todos los males terrenales que ocupan nuestra realidad de cada día. Me refiero a la misión Artemis II de la NASA, la cual llevará a cuatro humanos hacia la Luna, después de más de cincuenta años desde que Eugene Cernan pisara por última vez el suelo lunar.

Debo confesar que soy un fanático de todo lo que se refiere a la exploración espacial y el estudio del universo. Es por eso por lo que no puedo dejar de maravillarme con la época de descubrimientos y de avances tecnológicos en la que actualmente estamos viviendo: desde el lanzamiento tan esperado del telescopio espacial James Webb en diciembre de 2021, la llegada del rover Perseverance al suelo de Marte en febrero de 2021, hasta la primera foto de la historia de un agujero negro obtenida por la humanidad en abril de 2019. Todos estos son hitos históricos para la humanidad como especie.

Para los que no tienen ni idea de qué se trata la misión Artemis II, la misma tiene como objetivo llevar a tres astronautas de la NASA (Reid Wiseman, Victor Glover y Christina Koch) y a un astronauta de la Agencia Espacial Canadiense (Jeremy Hansen), en un viaje de 10 días de ida y vuelta desde la Tierra hasta la Luna. En esta misión, los astronautas no pisarán el suelo lunar, sino que el objetivo principal es pasar con la nave espacial en una trayectoria por detrás de la Luna, para probar todos los sistemas de cohetes y de la nave que los transportará, la cápsula Orión, verificando que todo funcione perfectamente para la misión que finalmente vuelva a poner a un hombre sobre el suelo de la Luna: la misión Artemis III, la cual todavía no tiene una fecha exacta de lanzamiento.

Si bien la misión Artemis II no se trata de poner nuevamente humanos en la superficie de la Luna (en eso, la misión se puede comparar con la misión Apolo 8, en la que por primera vez los humanos orbitamos la Luna en una nave espacial, para luego alunizar en la misión Apolo 11), no por ello deja de ser un hecho histórico, quizás uno de los hechos históricos más importantes de la humanidad.

Recuerdo en este punto la frase “la historia la escriben los valientes”, y la verdad es que no es para menos. Durante los 10 días que dure la misión, los cuatro astronautas van a enfrentar de manera constante peligros mortales: desde despegar en uno de los cohetes más potentes jamás creados por la humanidad para llegar a la órbita terrestre, enfrentarse a la radiación espacial que podría cocinarlos vivos, el peligro de calcular mal el ángulo de reentrada a la Tierra que provocaría que reboten contra la atmósfera y salgan disparados para siempre al espacio profundo, o calcular mal en sentido contrario, entrando en la atmósfera de la Tierra en un ángulo muy pronunciado, lo que provocaría la desintegración de la nave espacial, matando instantáneamente a toda la tripulación.

Cuando uno se pone a pensar en todo lo que podría salir mal, se agiganta la gloria por conseguir el objetivo perseguido. Es que en el espacio no hay segundas oportunidades. Un error podría poner fin a toda la misión y a la vida de los astronautas, quienes van a estar a 400.000 kilómetros de distancia de cualquier tipo de ayuda. La distancia no es solo un número, es un récord en sí mismo: los astronautas de la misión Artemis II van a llegar a la mayor distancia a la que algún ser humano ha llegado a alejarse del planeta Tierra. Si ya de por sí este hecho es escalofriante, todavía falta lo peor: durante los 30 minutos en los que la nave pase por detrás de la Luna, las comunicaciones con la Tierra se cortarán de forma absoluta. Serán 30 minutos en los que estarán absolutamente solos. Es, literalmente, el momento más aislado que puede experimentar un ser humano.

Podrán preguntarse lo obvio: ¿por qué tardamos más de 50 años en volver a la Luna si tenemos tecnología infinitamente superior que en aquella época? Los motivos por los cuales se creó el programa Apolo, los riesgos que se estaban dispuestos a correr y el presupuesto con el que se contaba son totalmente diferentes a los de la actualidad con el programa Artemis. Con el programa Apolo el objetivo era político: derrotar a la Unión Soviética en la carrera espacial. Para ello, el Congreso de los Estados Unidos llegó a destinar el 4% de todo el presupuesto federal para ser destinado a la NASA. Los astronautas también eran un recurso diferente a los de la actualidad: si algo salía mal y se perdían vidas, sin lugar a dudas sería una tragedia, pero sin embargo era un costo que el gobierno estaba dispuesto a asumir. Claro ejemplo de ello fue la tripulación del Apolo I, quienes murieron en un incendio, encerrados en la cabina de la nave de la misión.

A diferencia del programa Apolo, el programa Artemis es totalmente diferente en cada aspecto. Ya no se trata de un objetivo político, sino científico, por lo que no existe tanto interés como antes en financiarlo. El presupuesto con el que cuenta actualmente la NASA para el programa Artemis solo llega a 0,4% del presupuesto federal, es decir, 10 veces menos que el programa Apolo. Pero la gran diferencia se centra en las políticas de tolerancia cero al riesgo: es inadmisible poner en riesgo las vidas de los tripulantes.

Si algo llegara a salir mal y se perdieran vidas, sin lugar a dudas sería el fin de todo el programa Artemis. Todo esto trae como consecuencia lo obvio: regresar a la Luna con muchísimo menos presupuesto, menos apoyo político y con mayores exigencias en protocolos de seguridad, hace que la empresa sea muchísimo más compleja que en la década de 1960.

A muchas personas todo esto podrá resultarle totalmente indiferente. Muchas otras podrán ver a la misión como un logro solamente de los Estados Unidos, como en la carrera espacial durante la Guerra Fría, ajeno a la vida nuestra de cada día. Pero si vamos un poco más allá de eso y somos capaces de mirarlo fuera de la perspectiva política, podremos ser capaces de ver a la misión Artemis II como lo que realmente es: un logro de toda la humanidad, un paso más del ser humano en la empresa de convertirnos en una especie interplanetaria, de romper las barreras de la naturaleza una vez más para descubrir los secretos del universo, para sobreponer el ingenio humano frente a los obstáculos más grandes que nos puede poner enfrente la física, o citando a Homero Simpson “estamos por romper las ásperas fronteras de la gravedad, para golpear en la cara a Dios”.

Todo esto no es un pretexto para evadirnos de la realidad. Las crisis que afrontamos todos los días y los problemas de la vida cotidiana van a seguir existiendo: la reforma laboral, la crisis habitacional, el cambio climático… son todas cuestiones que inexorablemente tenemos que afrontar. Pero eso no significa que no podamos abstraernos por unos instantes para admirar cómo se está escribiendo la historia de la humanidad en estos mismos días. Tenemos más que permitido poner en pausa las crisis de la vida adulta, al menos por unos instantes, y sentirnos parte como especie de algo más grande y fuera de nuestro planeta.

 


JMR