Opinión

La realidad social, el contexto socioeconómico y los problemas de la vida adulta pueden hacer mucho daño en la estabilidad emocional de las masas. Vivimos en un mundo donde se nos expone constantemente a un estado de guerra psicológica por la subsistencia.

Insignia de Autor
🔊 Escuchá esta columna de Treintennials

Llega un punto al pasar cierta edad, llámese los 20, llámese los 30, en que hay algo dentro de todos nosotros que estalla alguna vez. Pero ese estallido no se da en un instante, de un solo golpe, como si se tratara de una escuela de niñas iraníes bombardeada por Estados Unidos, con la excusa de evitar la propagación de armas nucleares. Es más bien algo que se va construyendo de a poco, algo que va acumulando cada grano de arena, hasta que uno entra en este estado mental del cual, diría, uno luego ya no sale.

Esa sensación, o estado mental, al que me refiero es un estado de guerra permanente. Uno se preguntará ¿contra quién? ¿Quién es el enemigo al que uno se enfrenta en esta guerra psicológica? Y la respuesta a esta pregunta, por más extremo que pueda parecer, resulta ser la existencia misma de la vida adulta. Luego de hacer esta introducción un poco catastrófica y un poco extremista, quizás uno pueda bajar un cambio y dar a entender de forma un poco más clara el punto a exponer. Tranquilos, gente, no hace falta que nadie llame a la línea de asistencia al suicida.

Que la vida adulta está llena de problemas a resolver no es novedad para nadie. A menos que seas hijo de Ricardo Fort, que hayas heredado la fortuna de tu viejo cuando se fue a tocar el arpa con San Pedro, y tu mayor preocupación sea si este verano vacacionas en Punta Cana o si te toca ir a recorrer Europa por tercera vez consecutiva, uno sabe bien de primera mano que, en la vida de quienes nos levantamos a las 7:00 de la mañana para ir a un trabajo, todas las semanas parecen traernos una dificultad nueva.

Cuando uno piensa que su vida se acomodó después de solucionar un problema más, la vida siempre tiene alguna forma de volver a reírse de uno: que la obra social te dé vueltas para autorizarte un estudio médico que venís pidiendo hace meses, que se te rompa un caño de agua en el departamento, que tu nuevo vecino se ponga a escuchar música hasta las 2:00 de la mañana todos los días a todo volumen, que viajes como el culo todos los días en el tren a tu trabajo. Llega un punto donde hay que terminar con los ejemplos porque, si damos rienda suelta, terminarían por ocupar todo el espacio de esta columna.

Calificar de “guerra” a los problemas de la vida pareciera sonar un poco exagerado para algunos. Pero lo cierto es que en el mundo actual en el que vivimos, cada uno de estos problemas, que nos van horadando cada día hasta que uno explota, tiene como objetivo militar tres ámbitos vitales de nuestra propia seguridad: nuestros ingresos, nuestra salud y nuestra paz mental. Si alguno de estos tres ejes centrales de nuestra vida empieza a fallar, es cuestión de tiempo para que los demás empiecen a verse afectados hasta que la totalidad de nuestra vida se convierta en un escenario difícil de remontar.

Si ustedes, lectores, como yo, son personas de a pie, que no han nacido en cuna de oro, dependerán en su gran mayoría de un salario para subsistir. Y en este punto podemos identificar rápidamente a un primer enemigo de esta guerra psicológica. Un enemigo que no se conmueve ni un poco de vergüenza en demostrarnos todos los días que no les importamos lo más mínimo.

No hace falta dar el nombre propio de ningún funcionario de este gobierno que ocupa el poder desde diciembre de 2023 para que ustedes entiendan de quiénes hablamos. Si ya desde que asumieron el poder de la Casa Rosada se han encargado de hacer nuestras vidas un poco peores cada día, sin dudas el golpe más duro que nos han dado ha sido el desmembramiento de la Ley de Contrato de Trabajo con la llamada reforma laboral. Créanme cuando les digo, esta vez desde mi lado de abogado más que de escritor, que los efectos de cómo ha quedado redactada la ley son mucho peores de lo que hemos llegado a escuchar por los medios.

Sobre nuestra salud ¿Qué les puedo decir que cualquiera de ustedes no haya vivido si tiene que gestionar un turno médico? El sistema de obras sociales y de medicina prepaga no se cansa de escupirle en la cara a la gente: burocracia totalmente inentendible e incluso absurda para situaciones como necesitar acercarse a una guardia y que les respondan desde el otro lado de la ventanilla que el servicio de guardia se tiene que autorizar desde la aplicación de la obra social. Demoras de meses para autorizar estudios médicos rutinarios. Atención humana inexistente y bots automatizados que no dan respuesta alguna a los problemas que necesitamos resolver. Uno se pregunta realmente si no hacen falta en el mundo más personas como Luigi Mangione.

Sostenerse de pie en el día a día puede parecer más difícil de lo que pensamos. La situación social, económica y mental de muchas personas está atravesada por estos y por muchos otros problemas que seguramente desconozcamos. Pienso en William Foster (interpretado por Michael Douglas) en Un día de furia, a un solo conflicto más de distancia, la última gota que rebalse el vaso, antes de desatar la furia y el caos en la ciudad. Pienso también en Juan Pablo Moccero, quien embistió con su automóvil un local de la empresa de medicina prepaga OSDE, luego de que su padre muriera ante el abandono de la empresa de salud. Todo ello mientras se filmaba a sí mismo repitiendo “OSDE, papá murió”. Pienso en muchas personas que han aparecido en las noticias, en momentos desesperados, y también pienso en que la propia existencia que nos rodea ha llevado a toda esta gente a cometer estos actos. Pienso en esta guerra psicológica permanente a la que nos enfrenta la vida, cada día, todos los días. 



JMR