Opinión

Cuando el paso del tiempo nos enfrenta a la enfermedad de nuestros padres, surgen miles de preguntas sobre los cuidados que serán necesarios proveerles. Cada familia, en sus propios términos, llega al punto de tener que cuestionarse cómo afrontar este momento inevitable.

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Inés prepara todo en su departamento para recibir el festejo del cumpleaños de su madre. Se dispone a preparar las decoraciones, los globos, las luces de festejo y un cartel de feliz cumpleaños que se acomoda en el centro de la casa. María José, su hermana del medio, llega temprano para ayudar con los preparativos del cumpleaños. Llega vestida de una manera muy sobria, que refleja que es la hija universitaria de la familia. Roberta, la menor, llega a lo último, más desorganizada, pero aportando el catering del festejo del cumpleaños de la madre de ellas.

En la mente y en los corazones de las tres se cierne el miedo sobre la crisis que está a punto de estallar en la familia, algo que saben es inevitable: Elena, la madre de las tres hermanas, está empezando a padecer Alzheimer. Saben que es cuestión de tiempo para que la figura de quien fuera una imponente Jueza de la Nación se vea disminuida hasta el punto de necesitar asistencia y cuidados constantes. Es cuestión de tiempo hasta que las tres hermanas vean difuminarse la figura de su madre para siempre.

A su propia manera, cada una de ellas se ve afectada por esta crisis familiar, encontrando su forma de lidiar con la misma: Inés en los designios que el ocultismo le puede transmitir a través de las cartas de Tarot. María José a través de la ciencia y el pensamiento crítico, que sus estudios en psiquiatría le han aportado durante años. Roberta, la menor y más cercana a la madre, desde un vínculo más emocional y quizás más vulnerable a tener que enfrentar la dura realidad.

La escena hasta acá descripta, sin embargo, no es real. Se trata de la trama de la obra teatral Las hijas dirigida por Adrián Suar y protagonizada por quienes les dan vida a los papeles de Inés (Soledad Villamil), María José (Julieta Díaz) y Roberta (Pilar Gamboa). Una obra que el pasado 7 de marzo cumplió 100 funciones y que se puede ver en la Sala Picasso de Paseo La Plaza, sobre Avenida Corrientes, en pleno corazón del microcentro porteño.

Aun cuando la historia de estas tres hermanas, que se reúnen en los momentos previos al cumpleaños de su madre para debatir cómo afrontar su enfermedad, sea solo una obra de teatro, lo cierto es que en el mundo real millones de personas debemos enfrentar esa dura decisión en algún momento de nuestras vidas.

Enfrentarse al paso del tiempo no es tarea sencilla, ni mucho menos cuando son nuestros padres quienes deben afrontar esta última etapa de la vida. La enfermedad, las necesidades de alimentación, de higiene y de compañía, la distribución de horarios para poder ayudar a cuidar de quien lo necesita, mientras uno tiene que seguir cumpliendo con las obligaciones de su propia vida. Cualquiera que haya tenido un familiar enfermo con necesidades de cuidado sabrá entender lo difícil y cuesta arriba que se vuelve todo en el día a día.

Por supuesto, cada familia es un mundo, y dentro de cada mundo hay miles de posibilidades sobre cómo es la dinámica de esa familia. Así, existen familias con numerosos hermanos quienes pueden distribuirse el cuidado de los padres. Familias de hijo único, sobre quien seguramente recaerá en su totalidad el deber de cuidado de los padres. Familias con varios hijos, pero en las cuales no todos están dispuestos a ayudar por diversas circunstancias.

Las hijas nos habla de todo esto: de la crudeza de una enfermedad como el Alzheimer que progresivamente se va robando todo lo que alguna vez nos hizo ser nosotros mismos. La propia reflexión sobre cómo ha sido y como sigue siendo el vínculo que cada uno de nosotros tenemos con nuestros padres. Cómo diferentes hermanos recuerdan una versión distinta de los padres y como cada uno de ellos tiene toda la razón en poder decir “es el/la padre/madre que me ha tocado”. El permitirse ser humano y poder reconocer frente a los demás que no se puede con todo, los problemas de la propia vida de uno, sumado a las necesidades de cuidado de alguien más, necesitando la ayuda de profesionales de la salud y centros especializados de atención, sin que ello nos transforme en monstruos insensibles quienes abandonan a la persona en cuestión.

Hay otro punto muy interesante en la obra, que nos permite poner a la luz lo que para muchas personas puede ser un tema tabú: ¿realmente tengo la obligación de cuidar de mis padres? ¿Mis padres han cuidado por su parte nuestro vínculo o lo establecieron como algo natural y obligatorio? ¿Tengo la obligación de querer a mis padres? Lo que para muchas personas puede parecer un imperativo categórico directamente sacado de la filosofía de Immanuel Kant, con frases hechas como “¿Cómo no vas a querer a tu mamá?” o “tus padres te dieron la vida”, para otras personas la respuesta puede no ser tan obvia.

Como señalé anteriormente, a diferentes hijos les pudo tocar diferentes padres dentro de una misma familia. Cada vínculo construido es diferente, en diferentes épocas y en un momento determinado de la vida de quienes cuidaron de nosotros durante nuestra niñez y adolescencia. Por ello, es totalmente válido que cada quien pueda plantearse qué tipo de relación mantener con sus padres, e incluso poder llegar a cuestionar si es realmente su obligación tener que cuidar en la enfermedad a quienes, claramente, no nos han consultado si nosotros teníamos ganas de venir al mundo a enfrentarnos con la precariedad laboral, un medio ambiente cada vez más contaminado y la crisis habitacional que no da tregua a quienes no tienen la fortuna de ser propietarios del techo sobre sus cabezas.

En Las hijas, cada una de estas nos dará una visión sobre el vínculo entre madre e hija, que nos hará reflexionar, en muchos casos, sobre los vínculos que cada uno de nosotros mantenemos con nuestros padres y sobre los que nos deparará el futuro cuando estos no puedan cuidarse por sus propios medios. Quizás el punto de mayor valor en la obra sea el que nos haga replantearnos este imperativo categórico que nos impone la sociedad, donde es una obligación natural de los hijos el querer a sus padres. Quizás a partir de la historia de Inés, María José y Roberta podamos tener esta charla incómoda sobre que tipo de vida queramos tener cuando nos toque a nosotros hacernos cargo del cuidado de nuestros padres. 



JMR