Opinión
En la era del multitasking, los múltiples estímulos y el estar a las corridas, hemos dejado de lado uno de los aspectos centrales en nuestra condición como seres sociales: el frenar por un instante y escuchar a los demás.
Últimamente estuve observando una especie de patrón de
comportamiento, tanto en mi círculo cercano como en conversaciones que me
comentan.
Empecemos por un poco de contexto. Es bastante habitual una
dificultad para coincidir en la vida adulta, no disponemos de mucho tiempo
libre por distintos factores (trabajo, estudio, mantener una casa, cuidado de
familiares, equilibrar las responsabilidades con nuestros pasatiempos). Y por
todos estos motivos, puede ocurrir que las reuniones con nuestras amistades no
sean muy frecuentes.
No es una novedad la peripecia que implica organizar un
plan, juntada o reunión con nuestros seres queridos. Pero sí me resulta
llamativo, al menos en mi experiencia personal, cómo transcurren estos
encuentros.
Quizás por gajes del oficio, soy más sensible a las
emociones y sutilezas del comportamiento humano. Esto no significa que los
psicólogos estemos constantemente analizando la conducta de quienes conocemos,
no se preocupen, pero al menos en mi caso, mi mente busca explicaciones lógicas
cuando detecto algún cambio.
En los últimos meses, algunas de mis interacciones
(incluyendo el cara a cara y las redes sociales), tienen algo en común: la
gente no pregunta. Pensemos en un ejemplo cotidiano. Volvemos a trabajar luego
de unas vacaciones y nos ponemos al día con nuestra rutina. Suponiendo que los
compañeros de trabajo no sean muy cercanos, uno puede de todas maneras tener la
intención de mantener un trato cordial y entablar una conversación. Me ha
pasado que, al realizar la típica pregunta: “¿qué hicieron en sus vacaciones /
fin de semana largo, fueron a algún lado?”, me respondan con un monólogo
detallado de lugares, salidas, anécdotas... y fin de la charla.
Podría restarle importancia y considerarlo un hecho aislado,
si esto no se repitiera en otros ámbitos. Pero también vi este comportamiento
en amistades cercanas. No es una regla general, sí algo que me resulta
llamativo por la frecuencia en que puede ocurrir.
Como seres sociales que somos, podemos recurrir a un montón
de justificaciones, a sentir empatía y pensar que la otra persona está
atravesando un momento difícil que no le permite ser muy receptiva, o que está
estresado con mucho trabajo y un sinfín de etcéteras.
Personalmente, tiendo a ser comprensiva, hasta que me
pregunto cuándo llega mi turno de que me pregunten ‘¿y vos todo bien?’.
Conversando con mi pareja al respecto, encontramos puntos en común y
experiencias similares. Es por eso que llegué a una conclusión de esas que se
elaboran tomando mate por la tarde, pero que puede contener algo de verdad.
Muchos autores contemporáneos estudiaron nuestra sociedad y
cómo se relacionan las personas actualmente. Para no aburrirlos con teoría
pesada (y que esto pueda ser una charla tomando mate, por qué no), podríamos
resumir que las problemáticas son según la época. Antes, la gente sentía
angustia por motivos diferentes a los nuestros y también encontraba soluciones
distintas.
Hoy vivimos en la incertidumbre. En una realidad social que
no nos brinda muchas garantías, ni una ley superior que nos dé una estructura.
En ese caos, vamos subsistiendo entre reformas laborales que atrasan, crisis
económicas, empleos mal pagos, esfuerzos por una mejor calidad de vida, un
sistema de salud cada vez peor y situaciones personales que nos atraviesan. No
es sorprendente que estemos estresados y cansados de vez en cuando.
En este punto, me parece muy interesante el concepto de
“modernidad líquida”, propuesto por Zygmunt Bauman. A diferencia de otras
épocas, caracterizadas por la tradición, lo predecible y la estabilidad,
nuestra sociedad se rige por el cambio y la inestabilidad. Esto se ve reflejado
en el avance tecnológico de las últimas décadas, a un ritmo acelerado y sin
pausa. Paradójicamente, hubo un retroceso en las condiciones de vida, con
nuevas formas de empleo, más precarias y mal llamadas “flexibles”, junto con la
caída de las instituciones como garante o como ley que ordene nuestras vidas.
La forma de relacionarse no escapa a estos cambios. Nos
hemos vuelto más individualistas, más superficiales y nuestros vínculos tienden
a ser volátiles, efímeros, menos duraderos. Hay una filosofía de dejar que
“todo fluya”, sin implicarse o asumir más responsabilidades que las cotidianas,
en un contexto hostil que nos empuja a sobrevivir, un día a la vez.
Las citas se convirtieron en analizar un catálogo de una
app, charlas sin profundizar, intercambios que consisten en hacer un click. Las
amistades pasaron a un segundo plano, perdiéndose poco a poco el valor de lo
colectivo, de vivir en comunidad. Luchamos para cultivar nuestros afectos en
una sociedad consumista y acelerada.
No me voy a encargar de hacer una crítica a la sociedad
capitalista y globalizada, cuando cientos de filósofos lo hicieron antes.
También tiene sus puntos rescatables y es cierto que la tecnología nos permite
comunicarnos de maneras que eran impensadas hace unos años. Pero no puedo
evitar pensar que esa misma lógica capitalista nos hace relacionarnos de formas
que causan malestar. Buscamos ser productivos constantemente para sobrevivir, o
sino quedamos fuera del sistema. Competimos por recursos, nos volvemos
individualistas, cada vez más indiferentes al sufrimiento ajeno y esquivamos
las noticias para llegar a fin de mes sin estresarnos tanto. ¿Qué espacio puede
haber para el tiempo libre, o para construir un diálogo significativo?
En los escasos momentos de ocio que encontramos, miramos
reels en el celular, videos de animales, comidas ASMR, o famosos con su
inalcanzable estilo de vida influencer, que nos ofrecen un alivio temporal.
Vemos películas y series para escapar un poco de la realidad. Y buscamos
conectar con nuestros amigos, si es que logramos coincidir, ya que cada quien
tiene sus actividades (y responsabilidades).
Los teléfonos y las redes sociales son una ventaja en este
sentido. Acortan distancias y son una vía para comunicarnos con quienes nos
importan. Pero la tecnología carece de la complejidad que tiene un vínculo. No
lo reemplaza, es, en todo caso, una herramienta.
El peligro es vivir a través de una aplicación. Observar la
vida de nuestros seres queridos sólo a través de una foto, no contar con el
tono y la intención de lo que se dice, resumir las emociones en un sticker,
malinterpretar los mensajes y tantos otros desencuentros. Con esto no es mi
intención demonizar al teléfono celular y su uso, sólo considero que es una
particularidad de nuestra época y que como tal, tiene efectos en cómo nos
vinculamos.
Cuando finalmente concretamos esa salida, esa juntada para
merendar o tomar una cerveza, ya estamos bastante saturados por los factores
que mencioné anteriormente. Y entonces, seguramente sin darse cuenta, nuestras
amistades no se despegan del celular mientras contamos una anécdota. O nos
relatan su semana, en una especie de catarsis, sin devolver una pregunta que
parece tan simple: ¿y vos cómo estás?
Hace unos años, yo solía decir que odiaba las charlas
ping-pong. Ese estilo de comunicación donde una persona pregunta algo, la otra
responde y se salta a otro tema, sin repreguntar ni profundizar al respecto.
Hoy me encuentro con otro fenómeno, donde la gente directamente no pregunta
nada y habla casi de manera automática, soltando la máxima información en el
menor tiempo posible. Cuesta escapar de esa lógica utilitarista, que nos vuelve
eficientes pero solitarios.
Así como ahora buscamos información con inteligencia
artificial, en lugar de caminar a la biblioteca más cercana, parece casi
obsoleta la rutina de nuestros padres y abuelos. Es impensado cómo encontraban
tiempo para juntarse, preparar una comida y sentarse a conversar. O esa bendita
costumbre de nuestras madres, que nos obligaban a llamar por teléfono a la tía
para preguntarle cómo está, mientras ella
nos devolvía la pregunta.
Será que fuimos perdiendo la capacidad de dialogar y
conectar genuinamente. Pero si lo que nos hace humanos es el lenguaje, será
cuestión de encontrar otras maneras de hablar y vincularnos. Crear una pausa, en esta era de lo inmediato.
ALB
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