Opinión

En la era del multitasking, los múltiples estímulos y el estar a las corridas, hemos dejado de lado uno de los aspectos centrales en nuestra condición como seres sociales: el frenar por un instante y escuchar a los demás.

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Ayelen Brizuela
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Últimamente estuve observando una especie de patrón de comportamiento, tanto en mi círculo cercano como en conversaciones que me comentan.

Empecemos por un poco de contexto. Es bastante habitual una dificultad para coincidir en la vida adulta, no disponemos de mucho tiempo libre por distintos factores (trabajo, estudio, mantener una casa, cuidado de familiares, equilibrar las responsabilidades con nuestros pasatiempos). Y por todos estos motivos, puede ocurrir que las reuniones con nuestras amistades no sean muy frecuentes.

No es una novedad la peripecia que implica organizar un plan, juntada o reunión con nuestros seres queridos. Pero sí me resulta llamativo, al menos en mi experiencia personal, cómo transcurren estos encuentros.

Quizás por gajes del oficio, soy más sensible a las emociones y sutilezas del comportamiento humano. Esto no significa que los psicólogos estemos constantemente analizando la conducta de quienes conocemos, no se preocupen, pero al menos en mi caso, mi mente busca explicaciones lógicas cuando detecto algún cambio.

En los últimos meses, algunas de mis interacciones (incluyendo el cara a cara y las redes sociales), tienen algo en común: la gente no pregunta. Pensemos en un ejemplo cotidiano. Volvemos a trabajar luego de unas vacaciones y nos ponemos al día con nuestra rutina. Suponiendo que los compañeros de trabajo no sean muy cercanos, uno puede de todas maneras tener la intención de mantener un trato cordial y entablar una conversación. Me ha pasado que, al realizar la típica pregunta: “¿qué hicieron en sus vacaciones / fin de semana largo, fueron a algún lado?”, me respondan con un monólogo detallado de lugares, salidas, anécdotas... y fin de la charla.

Podría restarle importancia y considerarlo un hecho aislado, si esto no se repitiera en otros ámbitos. Pero también vi este comportamiento en amistades cercanas. No es una regla general, sí algo que me resulta llamativo por la frecuencia en que puede ocurrir.

Como seres sociales que somos, podemos recurrir a un montón de justificaciones, a sentir empatía y pensar que la otra persona está atravesando un momento difícil que no le permite ser muy receptiva, o que está estresado con mucho trabajo y un sinfín de etcéteras.

Personalmente, tiendo a ser comprensiva, hasta que me pregunto cuándo llega mi turno de que me pregunten ‘¿y vos todo bien?’. Conversando con mi pareja al respecto, encontramos puntos en común y experiencias similares. Es por eso que llegué a una conclusión de esas que se elaboran tomando mate por la tarde, pero que puede contener algo de verdad.

Muchos autores contemporáneos estudiaron nuestra sociedad y cómo se relacionan las personas actualmente. Para no aburrirlos con teoría pesada (y que esto pueda ser una charla tomando mate, por qué no), podríamos resumir que las problemáticas son según la época. Antes, la gente sentía angustia por motivos diferentes a los nuestros y también encontraba soluciones distintas.

Hoy vivimos en la incertidumbre. En una realidad social que no nos brinda muchas garantías, ni una ley superior que nos dé una estructura. En ese caos, vamos subsistiendo entre reformas laborales que atrasan, crisis económicas, empleos mal pagos, esfuerzos por una mejor calidad de vida, un sistema de salud cada vez peor y situaciones personales que nos atraviesan. No es sorprendente que estemos estresados y cansados de vez en cuando.

En este punto, me parece muy interesante el concepto de “modernidad líquida”, propuesto por Zygmunt Bauman. A diferencia de otras épocas, caracterizadas por la tradición, lo predecible y la estabilidad, nuestra sociedad se rige por el cambio y la inestabilidad. Esto se ve reflejado en el avance tecnológico de las últimas décadas, a un ritmo acelerado y sin pausa. Paradójicamente, hubo un retroceso en las condiciones de vida, con nuevas formas de empleo, más precarias y mal llamadas “flexibles”, junto con la caída de las instituciones como garante o como ley que ordene nuestras vidas.

La forma de relacionarse no escapa a estos cambios. Nos hemos vuelto más individualistas, más superficiales y nuestros vínculos tienden a ser volátiles, efímeros, menos duraderos. Hay una filosofía de dejar que “todo fluya”, sin implicarse o asumir más responsabilidades que las cotidianas, en un contexto hostil que nos empuja a sobrevivir, un día a la vez.

Las citas se convirtieron en analizar un catálogo de una app, charlas sin profundizar, intercambios que consisten en hacer un click. Las amistades pasaron a un segundo plano, perdiéndose poco a poco el valor de lo colectivo, de vivir en comunidad. Luchamos para cultivar nuestros afectos en una sociedad consumista y acelerada.

No me voy a encargar de hacer una crítica a la sociedad capitalista y globalizada, cuando cientos de filósofos lo hicieron antes. También tiene sus puntos rescatables y es cierto que la tecnología nos permite comunicarnos de maneras que eran impensadas hace unos años. Pero no puedo evitar pensar que esa misma lógica capitalista nos hace relacionarnos de formas que causan malestar. Buscamos ser productivos constantemente para sobrevivir, o sino quedamos fuera del sistema. Competimos por recursos, nos volvemos individualistas, cada vez más indiferentes al sufrimiento ajeno y esquivamos las noticias para llegar a fin de mes sin estresarnos tanto. ¿Qué espacio puede haber para el tiempo libre, o para construir un diálogo significativo?

En los escasos momentos de ocio que encontramos, miramos reels en el celular, videos de animales, comidas ASMR, o famosos con su inalcanzable estilo de vida influencer, que nos ofrecen un alivio temporal. Vemos películas y series para escapar un poco de la realidad. Y buscamos conectar con nuestros amigos, si es que logramos coincidir, ya que cada quien tiene sus actividades (y responsabilidades).

Los teléfonos y las redes sociales son una ventaja en este sentido. Acortan distancias y son una vía para comunicarnos con quienes nos importan. Pero la tecnología carece de la complejidad que tiene un vínculo. No lo reemplaza, es, en todo caso, una herramienta.

El peligro es vivir a través de una aplicación. Observar la vida de nuestros seres queridos sólo a través de una foto, no contar con el tono y la intención de lo que se dice, resumir las emociones en un sticker, malinterpretar los mensajes y tantos otros desencuentros. Con esto no es mi intención demonizar al teléfono celular y su uso, sólo considero que es una particularidad de nuestra época y que como tal, tiene efectos en cómo nos vinculamos.

Cuando finalmente concretamos esa salida, esa juntada para merendar o tomar una cerveza, ya estamos bastante saturados por los factores que mencioné anteriormente. Y entonces, seguramente sin darse cuenta, nuestras amistades no se despegan del celular mientras contamos una anécdota. O nos relatan su semana, en una especie de catarsis, sin devolver una pregunta que parece tan simple: ¿y vos cómo estás?

Hace unos años, yo solía decir que odiaba las charlas ping-pong. Ese estilo de comunicación donde una persona pregunta algo, la otra responde y se salta a otro tema, sin repreguntar ni profundizar al respecto. Hoy me encuentro con otro fenómeno, donde la gente directamente no pregunta nada y habla casi de manera automática, soltando la máxima información en el menor tiempo posible. Cuesta escapar de esa lógica utilitarista, que nos vuelve eficientes pero solitarios.

Así como ahora buscamos información con inteligencia artificial, en lugar de caminar a la biblioteca más cercana, parece casi obsoleta la rutina de nuestros padres y abuelos. Es impensado cómo encontraban tiempo para juntarse, preparar una comida y sentarse a conversar. O esa bendita costumbre de nuestras madres, que nos obligaban a llamar por teléfono a la tía para preguntarle cómo está, mientras ella  nos devolvía la pregunta.

Será que fuimos perdiendo la capacidad de dialogar y conectar genuinamente. Pero si lo que nos hace humanos es el lenguaje, será cuestión de encontrar otras maneras de hablar y vincularnos. Crear una pausa, en esta era de lo inmediato.

 

 

ALB