Opinión
La era de los trabajos pospandemia nos está llevando a la gran mayoría de regreso a una presencialidad plena. En medio quedamos quienes tenemos que sufrir el estado del transporte público para llegar a nuestros trabajos.
Desde ya hace un tiempo que se viene notando una tendencia
en el mercado laboral, un indicio de que no se ha aprendido nada de la pandemia
del año 2020: cada vez son más los lugares de trabajo que están avanzando hacia
una presencialidad plena en las oficinas. Trabajos netamente de escritorio que
se pueden realizar desde cualquier lugar del mundo, siempre que se cuente con
una computadora y acceso a una banda ancha de internet: diseñadores gráficos,
abogados, contadores, etc. Todos los rubros profesionales y administrativos que
se pueden realizar perfectamente a la distancia, progresivamente fueron siendo
llevados nuevamente a estar encerrados en las mismas cuatro paredes con el resto
de nuestros compañeros.
Pero la idea central que les quiero traer en esta nueva
columna no es el hecho de no poder estar en pijama en nuestras casas trabajando.
Ni siquiera el hecho de que pareciera no importar que la productividad de las
personas puede ser aún mayor desde la comodidad del hogar, antes que tener que
estar de forma presencial con el resto de las personas y las distracciones que
ello amerita, entre charla y charla de café, mientras uno tiene que preparar un
informe, una apelación, un balance, o lo que sea que a uno le paguen por hacer
en un trabajo, mientras tiene a un compañero que no para de hablarle de lo que
hizo el fin de semana.
Lo que quiero poner en atención es eso que pasa entre el
momento que ponemos un pie en la calle al salir de nuestros hogares y el
momento en que llegamos a la oficina o local donde cumplamos nuestras tareas.
Me refiero al viaje entre la casa y el trabajo, especialmente cuando se tiene
que viajar en transporte público.
Para todos aquellos que vivimos en grandes ciudades donde
tenemos que desplazarnos (como en mi caso, entre el conurbano bonaerense y la
Capital Federal) sabemos bien el martirio en el que se ha convertido tener que
tomarse un tren o un colectivo para tener que ir a cumplir con nuestras
responsabilidades: vagones de tren atestados de gente que no para de empujar
para poder subirse; el ver dos o tres colectivos seguidos pasar de largo,
llenos hasta los estribos de las puertas y que le sea imposible que le frenen a
uno; el que va mirando el celular y se lo clava al que tiene adelante en la
espalda; el vendedor ambulante que lo empuja a uno con su caja de mercadería para
pasar; el que va mirando TikToks a todo volumen, como si al resto de personas
que van a trabajar les interesara en lo más mínimo lo que están viendo en sus
teléfonos.
Podría decirse que esta semana fue realmente complicada para
el transporte: entre las fallas técnicas que afectaron al tren Roca,
disminuyendo sus servicios por problemas técnicos en algunas estaciones; la
disminución del servicio de muchas líneas de colectivos en un 30% a causa de
los aumentos en el precio del gasoil; el colapso de la línea C de subte de
Buenos Aires, una línea vital que hace el recorrido entre las dos cabeceras con
más movimiento de gente como lo son Constitución y Retiro. Realmente era increíble
ver hasta qué punto el amontonamiento de gente llega, ni siquiera fuera de la
puerta de los propios subtes, sino antes, a 5 metros de distancia de llegar a
los molinetes de acceso a los andenes.
Todo esto que acabo de mencionar podría tomarse, para algún desprevenido
que nunca ha viajado regularmente en hora pico en la Ciudad de Buenos Aires,
como algo extraordinario que puede pasar uno o dos días, pero que no es lo
normal de la vida de los trabajadores de la capital (incluso en días como la
última semana donde la lluvia complicó aún más las cosas). En cambio, los que
hemos pateado las calles de la Capital durante años para cobrar un sueldo a fin
de mes, para ir a la universidad o simplemente para hacer los trámites diarios
de nuestra vida adulta, sabemos bien que el caos en el transporte público es la
regla y no la excepción.
Afortunadamente tengo una excelente relación con toda la
gente de mi trabajo. Lejos de recibir algún reproche por llegar 20 minutos
tarde alguna vez en la semana, la atención se centra más en que se pueda
cumplir con los objetivos de nuestro trabajo, más que en quién llegó a las 9.00
en punto y quien no. Pero esta no es la situación de todo el mundo. Pienso en
todas aquellas personas que pierden todos los meses el presentismo por llegadas
tarde ajenas a lo que cada uno de ellos pudiera haber hecho. Pienso en la gente
que tiene casi dos o más horas de viaje a la ida y dos horas más a la vuelta
entre la casa y el trabajo. Pienso en las personas que ya han pasado la edad de
jubilación, pero como la mínima no les alcanza siquiera para subsistir, tienen
que seguir enfrentándose con lo poco que les queda a la odisea de tener que
tomarse un transporte público para poder conseguir el mango extra que les
permita vivir, con la última reserva de energía que quede en sus cuerpos.
Cuando uno ve que esta es la realidad de millones de
personas que se levantan cada día para ir a sus trabajos, es imposible no pensar
en que todo esto puede terminar muy mal en cualquier momento. Uno ya termina
quemado por el solo hecho de viajar, incluso antes de llegar a sentarse en su
escritorio y afrontar el resto de las 8 o 9 horas que le quedan de la jornada
laboral. Y cuando uno ya piensa que lo peor ya pasó, que ahora solo queda descansar,
todavía falta el regreso a casa en hora pico, y otra vez tener que enfrentarse
a la tarea imposible de tomarse un transporte público entre las 17.00 y las
19.00 en el microcentro porteño para regresar al hogar.
¿Qué reserva de energía física o mental puede quedar para
cumplir con el resto de nuestras obligaciones? La ropa sucia por lavar, las
compras en el almacén por hacer, ayudar a los hijos con la tarea del colegio. Todas
tareas que por supuesto no se van a realizar solas y que, aun en la era de las
IA y los viajes espaciales, aún tenemos que seguir haciendo cada día de forma
personal e intransferible a cualquier ayudante robótico (que aunque existiera,
solamente el 1% de la gente podría comprar).
Espero que llegue el día en que recordemos la lección que quedó demostrada en la pandemia: los trabajos que se pueden hacer de forma remota deberían hacerse de forma remota, aliviando la rutina y la paz mental de millones de personas que nos desplazamos toda la semana por las grandes urbes del mundo para llegar a un trabajo. Quizás por algo las nuevas generaciones han empezado a exigir mejores condiciones no solo en lo salarial, sino también exigiendo que sus trabajos no les hagan sacrificar el resto de su vida personal. Quizás así, recordemos que se puede aumentar la productividad, mientras dejamos que las personas estén en pijama en sus casas.
JMR
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