Opinión
Pareciera que en nuestra cultura social, de amistades y compromisos, existe un código no escrito respecto de que lo normal es siempre llegar tarde a las reuniones. Una reflexión sobre la importancia de valorar el tiempo de los demás.
Pasando de video en video esta semana con mi celular en Instagram, se me apareció uno bastante curioso e interesante. Se trataba de dos amigos en Japón, uno de los cuales era latino y se estaba yendo a encontrar con su amigo japonés. Resultó que el chico latino (llamado Jorge) llegó al lugar de encuentro donde su amigo ya estaba diez minutos antes de lo pactado. Sin embargo, Jorge llegó un minuto después del horario acordado para el encuentro.
Para lo que el 99% de las personas en nuestra sociedad hubiese sido considerado llegar a tiempo, no fue así para el amigo con el que Jorge estaba yendo a encontrarse. Apenas Jorge llegó, su amigo le explicó la importancia de llegar a tiempo en Japón. Este le contó que para la cultura japonesa, el llegar tarde a un compromiso era equivalente a “robar” tiempo de la vida de la persona que está esperando a quien llega tarde. De igual manera, le explicó que respetar el tiempo acordado se ve como respetar una promesa con la otra persona. Por eso, llegar uno o dos minutos tarde a una reunión no se ve como algo pequeño, sino que pone en duda si realmente se puede confiar en la otra persona, si ni siquiera ha sido capaz de respetar el tiempo del otro, si no ha sido capaz de cumplir con su palabra, con su promesa.
Para quienes no vivimos en Japón, ni hemos sido educados en este tipo de cultura, lo que acabo de describir podría parecer una exageración, algo totalmente desproporcionado por el solo hecho de haber llegado tarde un solo minuto a un lugar. Sin embargo, pareciera (al menos para la inmensa mayoría de mis amigos o con quienes termino reuniéndome en algún punto) que la regla en nuestra cultura es totalmente opuesta a la japonesa. Muy por el contrario del ejemplo de Jorge, su amigo japonés y el minuto de retraso, lo que me termina pasando cada vez que coordino para encontrarme con alguien es que siempre termino siendo la persona que se queda esperando, fuera del horario pactado, a la otra persona. Si tuviera la suerte de que, como en el caso de Jorge, solo me “robaran” un minuto de mi vida, la situación quizás no sería tan grave. En la realidad, la espera siempre termina siendo mucho más.
Pareciera haber un código no charlado en la cultura social de las amistades, sobre todo cuando hablamos de reuniones de varios amigos: cumpleaños, casamientos, juntadas en un bar a tomarse una cerveza o el ejemplo que se les ocurra. En cada una de estas oportunidades, la mayoría de todos los que han arreglado para juntarse llegan siempre tarde. Y no es una llegada tarde de uno o dos minutos, sino que se trata de demoras de cuarenta minutos o más. El mal llamado “caer elegantemente tarde” cuando la fiesta ya está armada, cuando el evento está en el pico de la reunión, para llegar en el mejor momento y quedarse con las luces de la atención, sin tener que estar esperando a los demás. Déjenme decirles que eso no tiene nada de elegante.
Este año incluso, cansado ya de ser siempre la persona puntual que termina esperando a todos los demás, decidí tomar cartas sobre el asunto el día de mi cumpleaños. Para celebrar mi cumpleaños número treinta y tres, decidí reservar una mesa para quince personas en un bar de Avellaneda. La reserva la realicé para las 20.30 horas. Sin embargo, a cada uno de los invitados les dije que la juntada del cumpleaños empezaba a las 20.00 y que desde el bar me habían pedido puntualidad de las personas, ya que si no no me podían mantener las mesas reservadas armadas.
Como yo ya me imaginaba, lo que terminó sucediendo fue que la primera pareja de invitados llegó exactamente a las 20.30 horas. Si bien en la realidad llegaron temprano, según lo que habíamos acordado llegaron treinta minutos tarde, “robándome” así media hora de mi vida. El resto de los invitados, cabe decir, llegó mucho más tarde, incluso largamente pasadas las 21.00 horas, siendo que de todos ellos solo una de las invitadas me dio aviso de que iba a llegar más tarde, luego de cursar en la Facultad. Todo el resto no tuvo ningún reparo en “robar” tiempo de mi vida.
Por supuesto que esta anécdota que acá estoy contando queda solo en ello, en ser una anécdota, sin ningún enojo ni tampoco reproche para nadie. El resto de la noche pude disfrutar de un muy agradable cumpleaños gracias a la compañía de cada una de las personas a las que había invitado. Sin embargo, esa noche fue una muestra más de que somos pocas personas las que respetamos los horarios pactados para con el resto de nuestras amistades, colegas o personas con quienes debamos encontrarnos en un lugar, a un horario determinado.
Un poco también podemos entender este contraste entre lo que sucede en Japón y lo que sucede en la Argentina por la puntualidad con la que funciona todo allá. El amigo japonés de Jorge le explicó que la puntualidad es tan importante para ellos que por eso todos los trenes y todos los colectivos llegan al horario programado. Por eso todas las personas que viajan de manera organizada siempre llegan a horario a sus destinos. En cambio, en Argentina, al menos en lo que es la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, es muy difícil que un medio de transporte salga a su horario programado. Siendo alguien que ha trabajado más de diez años en Ciudad de Buenos Aires, tomando el tren Roca para regresar a zona sur, jamás he visto un tren salir de Estación Constitución a horario.
Cuando todo en la sociedad funciona de una manera tan descalibrada como lo es el transporte, adaptar eso a nuestra rutina diaria termina siendo lo natural, lo esperable. “No pude llegar a horario porque el colectivo no llegaba más”, “tardé más porque el tren se frenó entre estaciones”. Muchos de estos motivos son moneda corriente de cada día, para cada ámbito de nuestras vidas en este lado del mundo. En el mientras tanto, tendremos que seguir esperando a aquellas personas que siempre llegan tarde a las reuniones pactadas. Tendremos que seguir soportando que nos roben nuestro tiempo.
JMR
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