Opinión
Los ruidos molestos provocados por vecinos son un martirio al que es difícil encontrarle solución. ¿Qué pasa cuando la ley del más vivo termina afectando la paz del propio hogar?
Esta semana me crucé con un extracto de una columna de
noticias muy particular que se transmitió por el canal de YouTube de Infobae. El
corte de la columna se titulaba “No seas el vecino rompepelotas”. En la misma,
el periodista Manu Jove se puso a hablar de la convivencia entre vecinos
de un mismo edificio residencial y en cómo debían manejarse los mismos en
cuanto al problema de los ruidos molestos. Contrariamente a lo que cualquiera
se pudiera imaginar, Jove se refería a los vecinos “rompepelotas” como aquellos
que le van a golpear la puerta a los vecinos que hacen estos ruidos. Es decir,
para el periodista de Infobae, los “rompepelotas” son los que le van a pedir a
los demás que respeten las reglas de convivencia pautadas en el reglamento de
copropiedad.
Lo que debería haber sido una postura aislada en esta
columna fue respaldada por Paula Guardia Bourdin, panelista de este
mismo programa, quien en la misma postura que Jove se puso del lado de los
vecinos ruidosos: “Yo toco el saxo y sé que hago ruido. Tenés que bancarte
un poco que te rompan las pelotas porque vos seguro también rompés las pelotas.
Esa es la convivencia. Mi política es que si me vienen a decir que estoy
rompiendo las pelotas, pero efectivamente no estoy rompiendo las pelotas, es
maña del vecino, el vecino tiene la culpa”.
Yo no sé si estos “periodistas” realmente piensan de una
forma tan desconsiderada hacia los demás o solo buscaban generar polémica para
tener más interacciones, pero es preocupante la falta de reconocimiento del
otro. En mi caso, yo también toco un instrumento bastante molesto como lo es la
guitarra eléctrica. Desde aquella única vez que un vecino me vino a pedir si podía bajar al volumen, siendo un día viernes a las 19 horas, jamás volví a
molestar a nadie con el ruido, por supuesto pedido de disculpas mediante (y esto ni siquiera fue viviendo en un edificio).
Parece muy curioso como todo en la sociedad se fue trastocando
tan gradualmente, que exigir un poco de respeto a las normas mínimas de
convivencia haya pasado a ser considerado “ser un rompepelotas” o “ponerse la
gorra”. Y no es solamente con el tema de los ruidos que esto sucede: gente que
tira basura en la calle, gente que se cola en las filas, compañeros de trabajo
que no cubren sus tareas y que su labor recae en los demás. Solo por nombrar
algunos ejemplos de cómo poco a poco todo se ha ido convirtiendo en un “acá el
que no corre, vuela”, donde el más vivo es el que termina haciendo lo que
quiere, aún perjudicando a los demás.
Sabrán disculparme (o no, la verdad no me interesa, es solo una forma de decir) pero yo personalmente no quiero formar parte del
sector de la sociedad que se olvida de las reglas para una convivencia
armoniosa con el resto, transformando todo en “la ley del más vivo”.
Por supuesto que hay ruidos y ruidos. Uno es totalmente
capaz de comprender ruidos necesarios como reparaciones en los departamentos a
un horario razonable, o incluso fuera de horario ante una emergencia. Incluso
reuniones de familiares y amigos, ya sea por un cumpleaños, una juntada a ver
un partido de fútbol o lo que fuere. Pero lo que la gente parece olvidar es que
no todo ruido es tolerable. No es lo mismo una reunión un fin de semana, a que
la misma se haga un martes hasta las 3 de la mañana. No es lo mismo una charla
de amigos, a que la gente se ponga a los gritos de madrugada sin importarles
si los vecinos quieren dormir.
Esta falta de consideración hacia la paz ajena se da no solo en el ámbito vecinal. Hoy en día pareciera imposible viajar en transporte público sin que alguien se ponga a escuchar música sin auriculares o se ponga a mirar TikToks a todo volumen, mientras el resto de las personas tenemos que compartir un viaje de veinte minutos o más con los susodichos, hasta que lleguemos a nuestros destinos y pongamos fin al martirio que tenemos que soportar todos los días. Muchos comercios de la zona en donde vivo también hacen lo que quieren respecto al tema ruidos. Desde una pizzería de una conocida cadena del Conurbano que ponían música a todo volumen como si se tratara de un boliche bailable, hasta un almacén en la calle comercial que tiene instalado un altoparlante en la marquesina del mismo para poner música también, a todo volumen, para que suene ni siquiera dentro del local, sino en la misma calle.
A todo esto hay que sumarle la ausencia total de control en
la Provincia de Buenos Aires sobre el tema. A diferencia de la Capital Federal,
donde en casos de ruidos molestos se puede hacer la denuncia ante la policía o
incluso la fiscalía de turno correspondiente, en la Provincia la respuesta que
recibe uno ante los llamados al 911 son que “los ruidos molestos no son una
emergencia”. Esto incluso aunque la propia Provincia tiene normativa
contravencional donde le da facultad a la policía para intervenir en estos
casos.
Esta falta total de intervención por parte del Estado provincial
o municipal para solucionar conflictos entre vecinos, sumado a la desconsideración
total por parte de quienes provocan los ruidos molestos, es un reguero de pólvora
para que los conflictos estallen de la peor manera. Recuerdo el caso sucedido
no hace mucho en Vicente López, en el que Álvaro Néstor Bulacios amenazó
a su vecino de 17 años con pegarle un tiro en el pecho por estar con música excesivamente alta, todos los días
desde la mañana hasta la madrugada.
Lamentablemente, dudo mucho que esto cambie algún día. Nuestra
sociedad está tan inmersa en esta “cultura del aguante”, en la viveza criolla,
que lo que es cada vez más normal es que a nadie le importe nada. La convivencia
entre todos así se convertirá en una realidad dantesca, con un soundtrack de
fondo insoportable. Los desconsiderados no se autopercibirán jamás como los “rompepelotas”.
JMR
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