Opinión

En el Día Internacional del Orgullo LGBT, una reflexión sobre la visibilidad, los estereotipos y los derechos que todavía siguen siendo motivo de lucha. Porque el orgullo no dura solo treinta días.

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Ayelen Brizuela
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El mes de junio llega a su fin, pero antes de que comience la ola de memes sobre Julio y Agostini, quería poner en palabras algo que vengo pensando.

Es bien conocido ese fenómeno del sexto mes del año, donde todas las empresas y distintas organizaciones se acuerdan de la comunidad LGBT. Lo vemos en sus logos y en sus fotos de perfil con un arcoíris, así como en campañas y publicidades. Pero una vez que termina junio, es como si no hubiese existido. Vuelve a las sombras, donde no molesta.

No es de extrañar que uno de los tantos reclamos de la comunidad sea justamente la visibilidad, más que conformarse con unos días de estrategia publicitaria. Y no me refiero a esa visibilidad casi artificial o de cartón, que podemos apreciar también en las series y películas.

Por citar solamente algunos ejemplos, está el personaje secundario que resulta ser lesbiana, con una imagen estereotípicamente “masculina” (en general, la amiga o hermana del protagonista), con su pareja de vestimenta “femenina”, sin profundizar en su personalidad o en el vínculo entre ambas. O ese amigo de la protagonista, porque en toda serie o película romántica debe haber un amigo gay, que cumpla con una lista de clichés al aparecer en la pantalla. Los hombres bisexuales ni figuran, con alguna que otra excepción.

No olvidemos al personaje trans, vinculado a una subtrama de trabajo sexual, o la mujer bisexual en pareja con algún hombre durante toda la serie, excepto algunos capítulos destinados a un interés amoroso por otra mujer, tan fugaz y carente de contenido que parece “sólo una fase”.

Por supuesto que hay muchas otras representaciones mejor construidas, tanto en el cine y la TV, como en distintas plataformas. Mi crítica es sobre lo que observo en líneas generales y hacia algunos discursos que continúan circulando hoy en día.

– Hasta el día de mi muerte, miraré hacia atrás con orgullo por haber encontrado la valentía para enfrentarme cara a cara al espectro que, por tiempo inmemorial, ha estado inyectando veneno en mí y en hombres de mi naturaleza. Muchos han sido llevados al suicidio porque toda su felicidad en la vida estaba contaminada. De verdad, estoy orgulloso de haber encontrado la fuerza para dar el golpe inicial a la hidra del desprecio públicoKarl Ulrichs.

En nuestro país, la Marcha del Orgullo se realiza en el mes de noviembre y he escuchado, más de una vez, a gente que se pregunta por qué marchan. Comentarios desde la molestia, porque cortan la calle - incluso si ni siquiera necesitan transitar por esa zona - hasta en tono burlón, mofándose de las siglas LGBT y todo lo que representan.

¿Para qué marchan?, se preguntan una y otra vez. Lo mismo se ha dicho de distintos reclamos en materia de educación, salud, discapacidad y un sinfín de etcéteras. Me pregunto si no es tan simple como responder que marchan por derechos humanos básicos.

En la actualidad siguen existiendo países donde expresar la orientación sexual y/o de género es un delito castigado con prisión o la muerte. Incluso en Argentina, un país que comparativamente es más avanzado en materia de derechos, todavía queda mucho para trabajar, con tantas marchas, luchas y reivindicaciones.

Me gustaría decir que existe una sociedad lo suficientemente avanzada donde no es necesario nombrarse con estas “etiquetas” LGBT de las que tanto se quejan. Pero sería una mentira. Pensemos en ejemplos concretos.

Desde muy pequeños, los niños y niñas socializan mediante el juego. Usan celeste y rosa, juegan con autos o muñecas, si son amigos los adultos dirán que son “noviecitos”, o leen cuentos con una princesa y un príncipe, que viven felices por siempre. Pero si en una película infantil hay una escena de 10 segundos con una pareja del mismo sexo, es muy woke y digna de censura. Si en la escuela se conversa sobre las diferencias, o distintos tipos de familias que no sean la tradicional, eso se interpreta como adoctrinamiento.

El odio y la discriminación no son innatos. Somos seres que aprenden muchos comportamientos en sociedad. Recuerdo algunos desacuerdos con mis padres que, debo decir, tenían algunas actitudes homofóbicas. En esa época se había hecho más famosa Flor de la V (o eso creo, porque nunca fui muy cholula), y ellos se negaban a usar su nombre cuando aparecía en la tele. La llamaban “Florencio”.

Mi cerebro de 8 o 9 años no lograba procesar por qué no la aceptaban como mujer. Sigo sosteniendo la misma línea de pensamiento y hoy, con 33 años, todavía no comprendo a las personas que no aceptan la expresión de género, o la orientación sexual de otro ser humano. ¿En qué cambia nuestra vida al utilizar el nombre elegido por alguien, o tratar a esa persona como prefiere? ¿Qué es lo que genera tanto rechazo?

No olvidemos esa construcción de un enemigo que hay en los medios de comunicación. Por supuesto sentimos un malestar terrible al escuchar una noticia sobre el asesinato o el abuso sexual de un niño. Pero si esto mismo es llevado a cabo por una pareja de mujeres, genera más impacto y se toma como el caso típico, como el argumento perfecto para usar siempre de ejemplo. Olvidamos, casi por casualidad, las noticias de lesbicidios por estar en pareja, o mientras duermen en su hogar, un espacio que debería ser seguro.

Este odio a la comunidad LGBT se repite con distintos matices. Ser puto es un insulto, dos mujeres que se desean es aceptable si satisface un fetiche del público, un adolescente trans sufre el rechazo por parte de su familia, una pareja del mismo sexo puede tener derechos, pero puertas adentro, sin molestar demasiado. Siempre que sea dentro del clóset.

Y esto continúa escalando a cada vez más violencia, como es el caso de las golpizas, el asesinato y los abusos sexuales con motivos de “corregir” lo que se considera anormal. Aunque hace años la homosexualidad no es un trastorno para la psiquiatría, este discurso continúa.

Estoy leyendo un libro muy interesante al respecto, de esos libros que nunca termino porque siempre me compro otro. No lo recomiendo si no tienen una formación en Psicología, porque puede tener conceptos un poco pesados, pero lo que más me gusta de este libro, es que no hay muchos que traten el tema. O por lo menos en mi carrera, no leí nada al respecto.

Esto es justamente lo que critica Jorge N. Reitter, en “Edipo gay. Heteronormatividad y psicoanálisis”. Incluso los psicólogos y psicoanalistas, que estudiamos sobre cómo cada persona es singular, con su historia propia, su individualidad y sus diferencias, incluso nosotros no escapamos a la heteronormatividad. O sea, pensar que lo “normal” es la heterosexualidad y perder de vista a quienes no encajen. Volvemos a la falta de visibilidad.

Me quedo con dos frases del libro, que me emocionaron bastante. Una se refiere a los disturbios de 1969 en el bar Stonewall Inn, el 28 de junio, fecha en que se conmemora el Día Internacional del Orgullo: (...) los clientes eran sometidos a arrestos y todo tipo de vejaciones, incluida la exposición pública de su identidad y muchas veces de su imagen en los reportes de la prensa, en tiempos en los que ser identificado como homosexual costaba no sólo la humillación y el rechazo (generalmente también el rechazo de la propia familia), sino que además implicaba nada menos que la pérdida del empleo. Esa madrugada del 28 de junio de 1969 sucedió lo que nadie esperaba (...) de un momento al otro la gente gay y la gente trans descubrió que tenían poder. Que juntos, haciendo comunidad y luchando, tenían poder.”

Espero que mis palabras no sean un logo más del arcoíris, y que esta columna no sea interpretada sólo para cumplir con la agenda del 28. Como explica la segunda frase que más me impactó del libro, referida al psiquiatra Karl Ulrichs, quien era homosexual: “Hasta el día de mi muerte, miraré hacia atrás con orgullo por haber encontrado la valentía para enfrentarme cara a cara al espectro que, por tiempo inmemorial, ha estado inyectando veneno en mí y en hombres de mi naturaleza. Muchos han sido llevados al suicidio porque toda su felicidad en la vida estaba contaminada. De verdad, estoy orgulloso de haber encontrado la fuerza para dar el golpe inicial a la hidra del desprecio público.”

Un golpe inicial que continúa hasta nuestros días y será que por eso marchan. Porque el orgullo no es solamente un mes al año.

 

ALB