Libros
Un mercado laboral que ya no promete futuro y la posibilidad de ganar dinero rápido desde una cámara web. En La muerte ajena, Claudia Piñeiro pone en palabras una realidad que quizá esté mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos.
Estos días estuve leyendo la novela La muerte ajena,
escrita por Claudia Piñeiro. La historia comienza con la muerte de una
mujer que cae al vacío desde un quinto piso en el barrio de Recoleta en
circunstancias más que sospechosas. El trasfondo de esta tragedia lo iremos
descubriendo a través de uno de los personajes, Verónica Balda, periodista y
conductora de un programa radial, que está vinculada a la víctima de este hecho.
La novela aborda desde la ficción la relación entre la
política, el poder y la prostitución VIP, y de cómo las mujeres que se dedican
a brindar sus servicios de acompañantes son utilizadas por los servicios de
inteligencia del país para obtener información sobre las personas que están
siendo investigadas.
Más allá de que toda la novela es sumamente atrapante, hubo
un capítulo en especial que no me permitió soltar el libro de las manos:
Juliana (la mujer que cae al vacío al comienzo de la historia) le da a una de las
narradoras de esta historia una entrevista en la que relata sus vivencias como escort
y cuenta, con la crudeza necesaria para no suavizar un tema como la
prostitución, cómo es que llegó a meterse en ese mundo.
En la cabeza de muchas personas, cuando se habla de
prostitución, suele aparecer más o menos el mismo estereotipo de mujeres que
terminan ofreciendo este tipo de servicios: la mujer extranjera que viene de
países limítrofes o de provincias del norte de la Argentina, la que sufrió
abusos siendo una nena pequeña o la que vivió toda su vida en la villa.
También, para muchas personas es impensable que las mujeres que conforman su
círculo cercano o de conocidas puedan llegar a formar parte de la red de
servicios sexuales que pueden encontrarse sin hacer mucho más que cinco o seis
clics en internet.
Juliana habla sin rodeos. Nos señala una verdad que está al
descubierto, una realidad con la que alcanza con entrar a dos o tres perfiles
de Instagram para encontrar, incluso en nuestras propias redes sociales: “Te
vas a sorprender. Ya no es como antes. ¿Tenés hijos? ¿Sobrinos? Preguntales.
Antes, supuestamente no había trabajadoras sexuales entre las compañeras de
colegio, entre las amigas. Hoy la misma chica que cursó con vos todo el
secundario te aparece un día en OnlyFans, con un video grabado en su propio
cuarto, o casi en tetas en Instagram o en Tinder”.
En mi experiencia personal, también tengo conocidas quienes
han estado o están metidas en este mundo, en mayor o menor medida. Por un lado
una conocida que, en mitad de una cita que estábamos teniendo, me dijo sin
reparo alguno que se estaba dedicando a hacer contenido sexual para venta
online. Por el otro, una excompañera de inglés con quien éramos no solo
compañeros, sino vecinos también. Esta última ya no solo se dedica actualmente
a la venta de contenido virtual, sino que también ofrece servicios para
encuentros sexuales como dominatriz, rol dominante dentro de la cultura BDSM.
Por supuesto, no todo es lo mismo. No es lo mismo hacer
videos, sacarse fotos o transmitir atrás de una cámara web, a estar parada en
una esquina o en la ruta sin saber quién va a llegar a buscar un servicio. La
virtualidad le saca ese elemento de peligro a la venta de contenido
erótico/pornográfico. Sin embargo, entrar en este mundo no debe ser la primera
opción de la mayoría de las chicas (y hombres también) que producen este tipo
de material.
¿Por qué podemos encontrar entonces tanta oferta de este
tipo de contenido? De nuevo, Juliana con su monólogo nos da una posible
explicación: “Hoy los pibes saben que las promesas del mercado laboral, en
las que ustedes confiaban, demostraron ser una farsa. No existen. Tenemos que
buscar cómo sobrevivir en otro lado, de otro modo. En apuestas online, criptos,
startups”.
Por supuesto, la ficción creada por Piñeiro no intenta ser
un estudio sociológico que dé respuesta al fenómeno de la venta de contenido
sexual o al auge de sitios como OnlyFans o Cafecito. Pero las palabras de su
personaje me llevan a reflexionar si hoy en día el hacer una carrera
universitaria está en la mente de la mayoría de chicos y chicas que están
decidiendo qué hacer con su futuro. Para muchos, el mercado laboral para
jóvenes profesionales no es promesa asegurada de nada, ni para llegar a fin de
mes, ni mucho menos para ser propietarios de un hogar.
En la vereda del frente, de nuevo resuenan las palabras de
Juliana: “Nosotras, chicas que vivimos con las comodidades de nuestra clase
media o media alta, y que cuando estamos por ser adultas nos damos cuenta de
que ya no podremos tener una vida como la que llevábamos junto a nuestros
padres. Que no podremos ir a vivir solas a un lugar razonable, ni podremos
viajar como viajábamos cuando lo hacíamos en familia, ni podremos comprarnos la
ropa que queremos (…) Entonces resulta que, por alguna circunstancia, en el
momento en que aceptas que no hay salida se te presenta la oportunidad de
trabajar en esta actividad que te ofrece un camino para conseguir plata de
manera rápida y fácil (…) el día que te das cuenta de que no sos otra por haber
tenido sexo a cambio de dinero tus miedos desaparecen.”
En un contexto social marcado por el desfinanciamiento universitario,
la precarización laboral y la crisis habitacional, La muerte ajena ofrece
una mirada más que interesante que nos puede ayudar a entender un poco la
realidad de muchas chicas que están detrás de una cámara en Internet, sin
justificar ni demonizar el por qué cada quien hace lo que hace. También puede
ser un disparador para seguir pensando adónde se encamina una sociedad que no
ofrece esperanzas en un futuro laboral para los más jóvenes.
JMR
0 Comentarios