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Sexo, alcohol y literatura. En Mujeres, escrita por el autor norteamericano Charles Bukowski, nos encontramos con su alter ego, un antihéroe que nos da una muestra de cómo el no superar el dolor de un antiguo amor nos puede llevar a buscar la anestesia emocional en la intimidad con otras personas.

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Se levantó de la cama. Miró a la mujer que estaba dormida junto a él, con las tetas al aire, el pelo enmarañado y la marca del maquillaje manchando la funda de la almohada. Fue hacia el baño, esquivando las botellas vacías de cerveza que estaban en el piso de la habitación. Se dio cuenta que tenía resaca, se sentía como la mierda. Vomitó en el inodoro, se enjuagó la boca, se lavó la cara y volvió a la cama junto con la mujer que había pasado la noche. Al verla se excitó de nuevo. Siempre estaba excitado, era su modo de vida.

La escena que acabo de describir para empezar esta columna no se trata de ningún capítulo determinado. No se trata de ningún día en particular, ni de una mujer en especial. La vida de Henry Chinaski se podía resumir en ello: emborracharse, acostarse con la próxima mujer con la que tuviera su oportunidad, despertar con resaca y vomitar. Y exactamente de esto se trata Mujeres, la novela escrita por Charles Bukowski y publicada en 1978.

En Mujeres nos encontramos con Henry Chinaski, el alter ego de Charles Bukowski, el cual ha aparecido en cinco de las novelas del autor estadounidense (Cartero, Factotum, Mujeres, La senda del perdedor y Hollywood). En esta novela, Chinaski tiene cincuenta años, está divorciado y tiene una hija fuera de lo que fue su matrimonio. Para este punto, nuestro protagonista renunció a su trabajo en la oficina de correos y se ha dedicado completamente a la escritura, convirtiéndose en un escritor consagrado. Sus novelas son reconocidas, tiene dinero de sobra en el banco y las mujeres se le ofrecen como si fuera un rockstar. 

Yo estaba sumergido en todas las cosas supuestamente malas: me gustaba beber, era un vago, no tenía dios ni conciencia política, ideas, ideales. Estaba metido en la inanidad más completa; una especie de no-ser, y lo aceptaba— Henry Chinaski.

Hablar de una trama en Mujeres resulta complejo. Lo cierto es que pareciera no haber mucho desarrollo de una historia principal que se vaya sucediendo a lo largo de las páginas. Por el contrario, toda la novela parece tratarse exclusivamente de una maratón sexual en la que el protagonista se encama con conquista tras conquista. La única mujer constante que podemos encontrar a lo largo de la novela es Lydia Vance, quien es veinte años menor que nuestro protagonista y con la cual mantiene una relación extremadamente tóxica y violenta, con constantes rupturas y reconciliaciones.

Chinaski está obsesionado con las mujeres, es en lo único que puede pensar, además de su escritura, la bebida y las apuestas en los hipódromos. Pero a pesar de estar rodeado constantemente de mujeres, el alter ego de Bukowski es incapaz de llevar sus relaciones a un nivel de conexión más profundo que el mero encuentro sexual.  En una de las reflexiones que nos encontramos en la novela, el mismo nos relata: “Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.”

Una pista de esta imposibilidad de conectar más allá del sexo la encontramos bien al principio de esta historia. Nuestro antihéroe menciona en la primera página de Mujeres que “Sólo una vez en mi vida había estado enamorado, pero ella murió de alcoholismo agudo. Murió a los 48 años, cuando yo tenía 38”. Y es que, como bien se sabe, Henry Chinaski es el espejo autobiográfico de Bukowski, quien en la vida real estuvo enamorado de Jane Cooney Baker, con quien mantuvo una relación de siete años, hasta su muerte en 1962.

Así, en Baker encontramos a la única mujer que Bukowski pudo amar, la espina en el corazón de Chinaski, por la cual nunca dejó de sufrir. En Elogio al infierno de una dama, uno de sus poemas, el referente del realismo sucio recuerda a la única mujer con la que pudo encontrar un nivel de intimidad tal que no pudo repetir con nadie más: “Hace 28 años que estás muerta y sin embargo te recuerdo mejor que a cualquiera de las otras, fuiste la única que comprendió la futilidad del arreglo con la vida.

Cuando el amor duele, el sexo es un refugio tentador. No se busca conectar más allá de la piel, del orgasmo, de que deje de doler aunque sea por unos momentos. Más de una persona que haya pasado por una separación que lo haya marcado puede saber de lo que estoy hablando. Y cuando no se puede soltar ese ancla emocional que nos fija en un punto del pasado, ya sea por nostalgia, por miedo a la soledad, por no querer sentir que todo el esfuerzo invertido no ha valido la pena, estamos cegados ante cualquier otra alternativa que se nos presente.

En mi columna de hace pocas semanas titulada “La pluma más seductora”, hablé sobre Californication y su irreverente protagonista. La comparación se vuelve inevitable: Hank Moody (David Duchovny) es una versión moderna de Henry Chinaski (de hecho, el apodo de Chinaski es “Hank”). Ambos son escritores que viven en Los Ángeles, ambos sufren por el amor de una mujer a la que perdieron y en consecuencia, ambos se encuentran perdidos en una espiral de alcohol y autodestrucción para anestesiar el dolor de no poder estar con la persona amada (Karen, en el caso de Moody).

Cuando a Bukowski le preguntaron qué era el amor para él, respondió “El amor es parecido a cuando ves una niebla en la mañana cuando despiertas antes de que salga el sol. Es solo un pequeño momento, y luego desaparece… El amor es una niebla que se incendia con la primer luz del día de la realidad.” Para cada uno que haya sabido aferrarse al dolor del pasado y abrazado la melancolía de lo que fue, existe la opción seguir buscando el consuelo temporal entre las piernas de alguien más, o el poder aceptar la pérdida de alguien que ya no está, de alguien que ya no es como solía ser. El mañana puede traer más que una simple niebla que se incendia con la primera luz del día. 

 


JMR