Opinión
En un nuevo capítulo de la llamada "batalla cultural", el oficialismo busca derogar la Ley 25.542, conocida como la Ley de Libros. Otro intento de golpe a la cultura desde una lógica que impone las leyes del mercado por sobre valores que trascienden esa lógica.
Buenos Aires es una ciudad con muchos atractivos turísticos. Variedad existe para todos los gustos: teatros, museos, salas de conciertos, lugares históricos. Pero, si me lo preguntan a mí, mi paseo favorito en la ciudad siempre va a ser recorrer librerías. Me encanta pasar treinta, cuarenta minutos recorriendo los estantes de ofertas, las mesas de las recomendaciones de las editoriales, leyendo las contratapas de varios libros para ver si encuentro alguna joyita nueva que atrape mi atención y me genere las ganas de llevarme una nueva lectura a casa.
Avenida Corrientes, lugar privilegiado si los hay para caminar y perderse horas y horas entre las librerías que se ubican casi en cada cuadra de la avenida, al menos en lo que es el trayecto entre Avenida Callao y la 9 de Julio, con más de quince locales en apenas siete cuadras. No por nada Buenos Aires es la ciudad con mayor cantidad de librerías por habitante del mundo, con un promedio de 25 librerías por cada 100.000 habitantes (y quizás este es uno de los datos "otra coronación de gloria" que más me gustan de la Argentina).
Me pregunto qué pasaría entonces si las librerías que llenan la Ciudad de Buenos Aires y del resto de las ciudades del país empezaran a desaparecer. Dejemos de lado las grandes cadenas como Yenny – El Ateneo y Cúspide. Pensemos en las librerías que tenemos cerca de nuestras casas. En mi caso, que vivo en Wilde, partido de Avellaneda, tenemos una sola librería en toda la ciudad. "Ficciones", sobre la calle comercial Las Flores, es el único punto de venta de libros que tenemos.
En los
últimos días se viralizó la noticia sobre los planes del gobierno para derogar
la Ley 25.542, conocida como Ley de Libros. Esta ley tiene un objetivo claro:
establecer un mismo precio de venta de libros, para igualar el precio exhibido
en todas las librerías respecto de un mismo libro. Así, se busca evitar que
grandes cadenas de librerías o grandes grupos económicos (en especial las plataformas de e-commerce) incurran en una vieja
y conocida práctica monopólica, como lo es poner a la venta libros por un
precio muy bajo, al punto incluso de ir a pérdida con cada ejemplar vendido,
con el único objetivo de fundir a la competencia y quedarse con todo el
mercado.
Es
cierto que, en la discusión sobre si apoyar o rechazar la derogación de la ley, existe un punto central:
el precio del libro. Hoy en día, un gasto de cuarenta o cincuenta mil pesos
puede equivaler a una erogación grande en el presupuesto personal o familiar,
si se trata de un libro para un hijo, un sobrino o alguien que no tiene sus
propios ingresos, pero a quien decidimos apoyar en el hábito de la lectura.
En
este punto la discusión puede tenerse desde el punto de vista de considerar que
el problema no es que los libros sean caros, sino que los salarios de las
personas en general son bajos, que se han perdido muchas fuentes de trabajo
desde que este mismo gobierno, que busca derogar esta ley para supuestamente
“beneficiar al lector con precios más baratos por la libre competencia”. No
existe ninguna medida de mercado que pueda ser eficaz si las personas no pueden
llegar a fin de mes.
Yo lo
veo por otro lado. Porque si ha dejado algo claro este oficialismo brutal al
que no le importa destruir media sociedad con la finalidad de implementar su
visión ultraliberal del mundo, es que ellos no vienen solamente a implementar
un modelo económico, sino que vienen, como ellos dicen, a dar una "batalla
cultural". Para ellos no existe valor a proteger que esté por fuera de las
reglas de la oferta y la demanda, ni siquiera la propia cultura, que ha de caer
como daño colateral en esta batalla que ellos quieren imponer.
Me
gustaría que cada uno piense esta discusión desde otras aristas. Que cada uno
de nosotros se concentre en la relación personal que tiene con las librerías
que recorremos. Si es de nuestro interés tener una sociedad en donde todo se
mida por la lógica utilitarista del mercado, o si, por el otro lado, queremos
apostar a mantener vigente un valor que radica en su aporte a construir una
sociedad más elevada, que nos acerca al motor del pensamiento crítico como lo
es la lectura.
Me
niego a visualizar un futuro donde las librerías de barrio desaparezcan. Donde
el mercado de los libros se concentre únicamente en compras por Internet, sin
tener la posibilidad de recorrer los estantes de forma analógica y sentirse
inmerso en la búsqueda de un libro que todavía no sabemos que estamos buscando,
pero que con cada estante que vamos revisando estamos más cerca de encontrar.
De contar con un espacio donde nos cruzamos con otras personas que están en la
misma búsqueda que nosotros, de un modo silencioso, recorriendo los pasillos
entre páginas y páginas.
Defender la Ley de Libros no es defender una idea de mercado. Es defender la cultura, es defender un lugar de pertenencia, como lo puede ser de igual manera un club de barrio. Es defender una visión de la sociedad en la cual no todo tiene que pasar por las columnas del debe y del haber.
JMR
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